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martes, 7 de septiembre de 2010

Acerca de la escritura

No sé a ustedes, pero a mí me interesa todo lo relativo al proceso de la escritura, ese acto de introspección profunda a partir del cual nacen mundos. Por eso, cuando alguien se ha tomado el trabajo de desmenuzarlo mínimamente y ofrece su versión, pues me la devoro. Y me gusta encontrar espejos, descubrir en el otro lo que me pasa a mí. En fin, comprobar que lo que presumo locura no es de exclusividad propia sino, al menos, locura compartida. Cuando eso pasa, además queda la sensación placentera de que se va por buen camino, hacia donde sea…

En “Un arte espectral” Mailer reflexiona sobre la escritura, marca los pro y los contra del oficio de escritor. Muchos lo consideran un testamento literario, ya que lo escribió a los ochenta, cuatro años antes de morir en 2007.

Norman Mailer nació en Nueva Jersey en 1923. Estudió ingeniería en Harvard, tomó cursos de escritura creativa y decidió que quería ser escritor. Apenas graduado fue convocado a servir en el Pacífico durante la Segunda Guerra. Cuando regresó escribió “Los desnudos y los muertos”, la novela de guerra que le valió la fama y el reconocimiento. Tenía veinticinco años.

Transcribo aquí algunos párrafos donde reflexiona sobre el estilo.

“Podría adelantarles que el estilo les llega a los autores jóvenes más o menos en la época en que reconocen que la vida también está dispuesta a herirlos. Hay algo allá afuera que no es necesariamente engañoso. Eso explicaría por qué autores que estuvieron enfermos en la infancia casi siempre llegan temprano en su carrera como estilistas desarrollados: Proust, Capote y Alberto Moravia son tres ejemplos; Gide ofrece otro. Esta noción explicaría, por cierto, el desarrollo temprano y completo del estilo de Hemingway. Tuvo, antes de cumplir los veinte, la sensación inconfundible de estar herido, tan cerca de la muerte que sintió que su alma se deslizaba fuera de él y después volvía.

El joven autor promedio no está así de enfermo en la infancia ni es tan duramente golpeado por la vida temprana. Sus pequeñas muertes sociales son equilibradas a veces por sus pequeñas conquistas sociales. Así que escribe en el estilo de otros mientras busca el propio, y tiende a buscar palabras más que ritmos. En su apuro por dominar el mundo (raro es el escritor joven que no sea un pendejo consumado), también tiende a elegir sus palabras por su precisión, su capacidad de definir, su acción acrobática. A menudo su estilo cambia de escena a escena, de párrafo a párrafo. Puede conocer un poco acerca de crear atmósferas, pero la esencia de la buena escritura es que instala una atmósfera tan intensa como la de una obra teatral y después la altera, la amplía, la conduce hacia otra atmósfera. Cada frase, precisa o imprecisa, jactanciosa o modesta, cuida no meter un dedo hiperactivo a través del tejido de la atmósfera. Tampoco las frases se vuelven tan vacías de cualidad personal como para que la prosa se hunda en el suelo de la página. Es un logro que llega por haber pensado en la vida de uno hasta el punto en que uno la está viviendo. Todo lo que pasa parece capaz de ofrecer su propia suma al autoconocimiento. Uno ha llegado a una filosofía personal o ha alcanzado incluso esa rara meseta donde está atado a su propia filosofía. En esa coyuntura, todo lo que uno escribe proviene de la atmósfera fundamental propia.”

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