Al anochecer las luces del hall se habían encendido y, desde la calle, el hotel fulguraba. A mis espaldas, el conserje atendía el teléfono. En los sillones de la vereda, uno de los huéspedes hojeaba una revista. Nadie estuvo atento como para hacer una seña o dar el grito de advertencia. Así, del auto estacionado en la puerta, el tipo extrajo una valija y una percha con un traje enfundado y se dirigió raudo hacia los escalones entre las columnas. Debió de pensar que entraba a un templete griego. Una no puede ser más impotente en estos casos, solo se prepara para el impacto. El estruendo conmocionó a todos. Temblé de arriba abajo, mas hice el esfuerzo para no desmoronarme. Él, la cara deformada por el golpe y la sorpresa, soltó lo que llevaba y quedó delante de mí, aturdido, hasta que el conserje disimulando la risa fue a socorrerlo.
Yo estoy resentida en cuerpo y espíritu. Acepto que el hombre sea miope o distraído, pero no puedo dejar de pensar en que soy demasiado simple. No me ven, no me consideran. De vez en cuando, un elogio por cómo brillo, aunque las loas las recibe el muchacho de la limpieza. Ahora, hasta mañana, ostentaré la estampa de esa cara grasosa. Otra afrenta, vean.
Imagen tomada de la red
