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viernes, 11 de mayo de 2012

Ser mori




Vivo desde hace días en casa ajena. Mi madre está aquí  también y no sé por qué. 
Los de la casa son muchos. Por ciertos rasgos, matices del pelo o  modos del habla parecen pertenecer a un clan.  Las mujeres, dignas señoras, saben dar órdenes y calmar;  tratan con deferencia a las visitas como yo y son aficionadas a las labores. Las niñas y las muchachas  atienden juegos y tareas.
Los hombres, sin embargo, no me inspiran confianza: tras aparente mansedumbre intercambian miradas y sonrisas cómplices; los he visto. Pasan las noches fuera;  oí que trasladan gente al otro lado por el río y cobran el servicio.  Deben hacer bien su trabajo  porque se ufanan de no haber perdido nunca a nadie en esas aguas.

Ahora sos mori, dice la niña con la que comparto cama. Es la segunda vez que me lo dicen y sigo sin entender. Lo único que sé es que me besó  su hermano, un joven de piel oscura  y pelo brillante. Un tramposo. Su madre me dio un tapiz para que destrame el tejido: una tradición del lugar, según dijo. Impartió instrucciones y las cumplí  correcta pero lentamente.  Debía entregarle los ovillos en mano y esperar un beso de bienvenida, pero cuando terminé ella no estaba y no supe qué hacer.  Fue un momento incómodo con todos mirando ahí.  
— ¿Querés dármelos a mí? —preguntó el hijo, ante la expectativa de los otros. Supuse que sería lo mismo: se los di y ofrecí  mi mejilla. Los labios del oscuro me apretaron la boca, su lengua caliente encontró la mía.
—Ahora sos mori —dijo sonriente.  Se escucharon  risas y alguna voz de desencanto.

— ¿Te besó mi hermano? —preguntó después la chica.  
Asentí.
—Se terminó —dijo con resignación—.Ya no te respetarán. Tarde o temprano te  llevarán al otro lado.
— ¡No sabía! —protesté—. No pertenezco a este lugar.
—Sin embargo estás acá, con nosotros -me miró con ojos de aflicción-. Y en algún momento te llevarán al otro lado.
Entonces repitió lo mismo que dijo su hermano y se fue antes de que pudiera preguntarle más.  
Mi madre, que había estado escuchando se restregaba las manos, murmuró algo sobre un dinero que no tenía.
— ¡¿Pero qué quiere decir mori?! —le grité. 
—Debés repetirlo cien veces y te darás cuenta —habló.
Aún no lo hago:  primero necesito entender  por qué ella está aquí, conmigo.

Imagen tomada de la red 

martes, 28 de febrero de 2012

La palma de la mano




El auto vuela por la ruta y ella vuela dentro del auto. No está sentada allí, relajada, entera como él la ve cada vez que aparta la vista del camino, no. Ella se ha diseminado en el aire. Sus moléculas se expandieron y flotan entremezclándose con las otras, las del aroma  que sale de la boca de él desde que comió el bombón de avellana y chocolate.
Ella comenzó a desintegrarse inmediatamente después que convidó la golosina. Él, fuera del vehículo, esperaba que terminasen de cargar el combustible; ella, desde su lugar de acompañante se inclinó sobre el asiento, el brazo hacia arriba a través de la ventanilla con el Ferrero en el hueco de la mano. Mano transformada en nido. Nido tentador donde él se detuvo más de la cuenta, ya que al tomar el bombón arrastró los dedos por la palma. Primero, el roce electrizó la mano; luego, le estremeció el cuerpo como un sismo. En segundos, en algún lugar, su letargo de años de matrimonio se resquebrajó y comenzó a romperse en pedazos; los fragmentos más gruesos volaron hacia la playa de la estación de servicio y ella se reconoció sólo en las partículas, en las tiernas moléculas de una nube leve, y en un alerta visceral que persiste y todavía no sabe muy bien dónde ubicar.
Ahora piensa que podría habérselo dado como se dan las monedas de un vuelto; sin embargo, no se arrepiente de la ofrenda; al contrario, porque para ella el mundo ha empezado a girar en una órbita excéntrica.  
No se vieron las caras en el preciso momento y no lo miró mientras él quitaba la envoltura del bombón antes de emprender la marcha, pero sabe que fue adrede. Sabe también que no pueden parar de hablar. Un tema enlaza al otro: el trabajo, el seminario que los llevó a compartir viaje,  las familias de los dos, la vida.  A ella no le importa realmente lo que está diciendo, le sorprende que desintegrada como está  sea capaz de seguir la conversación, hacer acotaciones, reírse, asentir o negar. Todo y más, sin entender qué parte de su cuerpo procesa cada acción  y sin dejar de pensar en lo que creyó nunca volvería a sentir. Esto siempre le pasó a las demás, no a mí, piensa.  Multiplicada en testigo y parte, sin embargo, ahí está sintiéndose restaurada, plena, feliz.

Él continúa hablando, hace el gesto que tanto le atrae, sonríe y ella advierte en la mejilla tersa el hoyuelo incipiente. Cómo es posible que  no lo haya  notado antes... Piensa en la magia y cree en la magia porque la tiene delante de sus ojos. O quizá cree en lo afrodisíaco de las avellanas y el chocolate.  Porque ella también comió un bombón.  Lo metió en la boca  después de sentir la caricia y dejó que se disolviera poco a poco.  Por la lengua empastada, el sabor del chocolate y las frutas mordidas a medias le explotó en la nariz tal como lo hizo el aliento de él.  Unida, enlazada por los aromas, entre palabras y risas, se siente parte de una comunión de sentidos.  Y sabe que no hay vuelta atrás, que quiere que la magnífica sensación  atraviese cada minuto del resto de su vida. Lo desea  a sabiendas de que  los kilómetros se van consumiendo y de que sólo faltan tres horas para llegar a la ciudad y a la casa de él; allí, donde se despedirán tibiamente hasta el día siguiente y donde ella retomará su lugar al volante para llegar hasta su propia casa.
Tres horas por delante, piensa, y con la mano todavía electrizada saca del bolso otro bombón y se lo ofrece.


Imagen tomada de la red

jueves, 9 de junio de 2011

LA SALVACIÓN


Piso 4   D 2
“Esta liviandad en los huesos, el soplo que soy, la sensación de ser invisible…, deben significar algo.
¿Adónde irán las almas que se escapan antes de tiempo? Porque tengo la certeza de que vivo sin la mía,  y si quisiera salir a buscarla no sabría por  dónde comenzar. No lo haré, aunque en una circunstancia como ésta pudiera servirme tenerla a  mano.
 A mi alma la dejé ir como a los  hombres de mi vida. Todos dijeron más o menos las mismas cosas: que no supe alimentar el amor, que no me interesaba. No me interesaron particularmente  y cada uno llegado el momento:  me aburría. Tal vez  mi alma se  aburrió conmigo...”
¡¿Adónde fuiste?!...
...“Si no supe alimentar al  amor, quizás pasó lo mismo con el alma: se murió de  hambre....  Y yo que pretendo  saber  lo mismo que  Miguel, cuando su mujer regresa.  ¡Ya empezaron!  Auque hoy  no me importa,  hoy no  acepto interferencias. Tengo el  derecho a pensar  en lo que quiera.”
…¡yegua desalmada!   ¡No tenés compasión!
“Así estoy yo: desalmada como Gisela.  Pero Miguel lo dice porque  ella  lo hace sufrir. Yo nunca hice sufrir a ninguno, creo.  Al menos, no adrede.  Las cosas siempre las hice del mejor modo. Y aún tengo compasión… ¿Se puede no tener el  alma y  sentir compasión?  Pero  me compadezco sólo de los animales y no sé si eso cuenta.  ¿Quién les dará de comer…?  Me dan lástima, pero ¿hasta adónde voy a llegar?  ¿Vivir  para  los perros de la plaza…?  No puedo más…”  
 ¡Decíme quién es el tipo!  ¡Decímelo!
 ¡No hay ningún tipo!  ¡No hay ningún tipo, Miguel!  
“…Como no puede más este tipo. ¡Dios mío!  Gisela no miente. Es que vos  no hacés la pregunta correcta, Miguel.  No hay ningún ‘Adán’, no hay ningún Adán…   ¡Ciego Miguel!  ¡Tan bravo y tan ciego!  Me pregunto qué hace la otra mientras escucha los golpes y el griterío. Hoy, yo paso.  Como me dijiste tantas veces: soy  “una vieja de mierda que tiene que ocuparse de sus cosas.” Y en eso estoy, Miguel, sólo que los gritos de ustedes me distraen.
Espero que el gatillo no falle.  Al menos ahora  debo hacer menos fuerza. ¡La cara que puso el  pibe de la armería cuando se la desarmé en la cara!  Ni se le cruzó por la cabeza que una vieja como yo supiera.
— ¿Usted cazaba?
—No, yo hacía otra cosa… —dije, y lo dejé con la intriga.
Aunque, en cierto modo, cacé bichos de dos patas. ¡Pucha que fueron muchos! La campeona podía elegir. La campeona tenía fuerza y fuego  para tirar para arriba en aquella época. Al que se le ponía a tiro, lo tumbaba. 
Es verdad, conmigo, los bichos siempre estuvieron a salvo…
Pero ya no me interesa salvar a nadie. Ni siquiera a los de al lado que van a terminar mal.  Tampoco me animaría a decírtelo, Miguel. Por miedo, igual que ellas.
Ante la duda, ahora, perdonan a los suicidas, pero en mi caso ¿qué van a salvar si no tengo el alma?  ¡Que se arreglen!  El reborde del caño me molesta. No puedo abrir tanto la boca.  Mejor me saco la dentadura”.

Piso 4    D 3
El escopetazo retumbó  como si alguien hubiese disparado  en la habitación.  Por el sobresalto, a Miguel se le escapó  de entre  las manos el cuello de Gisela;  a ella  el aire le entró solito y  la hizo toser. 
¡Gisela!  ¿Qué pasó? ¡Abrí! ¡Soy Eva, abríme!
 Gisela  alcanzó la puerta.  Miguel empezó a llorar.


Imagen tomada de la red

viernes, 1 de abril de 2011

La siesta




 ¡Basta de vaguear! ¡Y esta vez, me hacés caso! Te acostás o te ponés a leer, a jugar, lo que quieras. Menos patear contra la pared de Betti ¿me oíste? Que después me la tengo que aguantar yo. ¡¿Está clarito, no?! 

Los gritos le arrebataron  la cara más que el calor de la una de la tarde. Piensa en sus amigos que lo esperan bajo los tamariscos de las vías del tren, y gimotea, y rezonga. Me aburro, repite mientras camina el patio de punta a punta refregándose las manos en el pantalón. Tigre con ganas de llorar. Se para en la hamaca de su hermana, el ruido de las cadenas le hace mal a los dientes; nadie las aceita hace tiempo. Salta, corre, trepa el olmo, se asoma a la casa de Luis. El encalado de las paredes lo encandila; tiembla el aire por encima de la huerta regada en la mañana. Las cortinas están corridas,  la puerta de la cocina, cerrada: duermen; hasta el perro bajo la pileta del lavadero. La bici de Luis no está. Frunce la cara: él también se va, no le importa nada. Presuroso, arrima su bici al portón y va por la llave. Le cuesta la penumbra de la cocina, pero no hay ninguna llave ahí. De puntitas llega a la pieza de su madre; ahí están ella y su hermanita en la cama grande, y el llavero sobre la mesita de luz. Las mira dormir unos instantes y, finalmente, cabizbajo, regresa  al patio, al sol a plomo en la tierra reseca y las baldosas amarillas. Mira por la ventanita de la entrada  hacia la calle: el pavimento hierve.  A lo largo del cordón, una línea brillante de brea le recuerda la cinta de la máquina de escribir de su padre. Le vienen a la cabeza los carretes saltando por el aire, su madre arrancándolos con furia y tirándolos a la basura. Pero los basureros no se los llevaron y la cinta flameó enredada en los yuyos hasta que hicieron el cordón cuneta.
Algo tiene que pasar, piensa y vigila la esquina. En el techo del garaje de enfrente aparece un gato: olfatea, levanta la cola y mea la pared; después, salta al pilar de la luz, baja, cruza sin apuro. Odia los gatos; elije una piedra del lugar en donde antes guardaban el auto. El cascote vuela por encima de la pared y rebota cerca del animal que se espanta.
Nadie en su calle ni en la esquina. Se sienta al lado del portón contra la pared de Betti y se abraza las piernas; la frente le humedece las rodillas. La cabeza le ha quedado al sol y  levanta las manos, juega con la luz hasta que le duelen los ojos. Desde el lado del puerto vienen nubes gordas: una es una tortuga, el caparazón como un globo blanco y la panza gris; pierde las patas rápidamente y se convierte en caracol. Escucha el chirriar de  una bicicleta. Cada vez  más cerca. Tal vez sea Luis que regresa a buscarlo. Se levanta de un salto y mira por la abertura, pero se movió demasiado rápido y se marea. La esquina se le va llenando de motas brillantes: por segundos oye como si tuviera la cabeza metida dentro de un balde. Aprieta los párpados, los abre: no es Luis, sino un viejo que no conoce, y lo putea. También ha visto al camión grande que viene.  El viejo pedalea lento, como cansado; le falta poco para terminar  de cruzar la bocacalle cuando el camión comienza a doblar con una maniobra amplia, como si el chofer hubiese estado distraído y reaccionara tarde. Él queda hipnotizado porque  adivina la trayectoria del acoplado, mientras  la bicicleta  desaparece de su vista.  Entonces, pasa: el acoplado se desplaza por donde segundos antes iba el ciclista,  las ruedas del costado suben y bajan el cordón de la esquina  y la carga cubierta con lonas que se bambolea.  Al crujido metálico  lo oye cuando el acoplado ha desaparecido también; después,  una frenada larga, demorada y un silencio que lo deja sin respiración hasta que empiezan los gritos. Corre a su pieza, se acurruca en la cama y se tapa los oídos. Respira rápido en la oscuridad -los ojos fijos-, recuerda a su padre, el único que decía que él no es un chico malo realmente.


Cuento finalista del III Certamen Nacional Ruinas Circulares 2010


lunes, 21 de marzo de 2011

Pequeños cocodrilos





                                                                                                   Para Ober, in memorian
                                                                            
Un gatito maullaba lastimosamente en el patio trasero entre la casa y el arroyo. Como el maullido parecía provenir debajo tierra,  pensamos que estaría atascado en algún lugar y lo empezamos a buscar. Desarmamos una pila de leña; movimos las chapas para contención en las crecidas; nos asomamos al viejo pozo seco; recorrimos la franja entre los tamariscos de la orilla y los álamos donde el pasto estaba alto. Nada. El gato no estaba en ningún lado. Para ese entonces había llegado la madre: la Nena, como la llamábamos. Estaba flaquísima –tantos hijos la iban consumiendo poco a poco- , le colgaban las mamas, y como había comido en abundancia  -lo hacía cada vez que íbamos- , parecía preñada otra vez.  La gata escuchaba el maullido ya que orientaba las orejas en el preciso momento, pero no se mostraba inquieta, al menos nos daba esa impresión. “Buscá al gatito, che”, ordenaste cariñosamente, pero La Nena siguió lavándose y relamiéndose satisfecha por el hígado de vaca que le habíamos dado un rato antes.
A pesar de su tranquilidad,  a mí se me estrujaba el corazón. No tendríamos mucho tiempo más para buscarlo porque pronto se ocultaría el sol y deberíamos regresar a la ciudad.
“Me voy a meter en el arroyo antes de que se vaya la luz,”dijiste. “Tal vez esté atorado en alguna rama o pozo que no podemos ver desde acá”.Y fuiste hasta el muelle de madera, te sacaste zapatos y medias, arremangaste los pantalones a la rodilla y bajaste a inspeccionar la orilla desde el agua. Por arriba, entre tamariscos y álamos, yo te seguía con la esperanza de ver salir al gato desde esa espesura de troncos y ramas, para reunirse con los otros cuatro, el resto de la camada, que estaban escondidos bajo el nicho de la bomba de agua. Ya habíamos empezado a traerles leche con pan, pero ellos, ariscos, no comían sino hasta que nos íbamos. A mí me gustaba verlos  todos juntos, apretados como la gran bola de pelos que eran, y con la madre cerca; creía  que si los dejaba así al irme, nada les pasaría. Para eso trazaba  un círculo imaginario alrededor de ellos,  la línea mágica que los protegería durante mi ausencia. Aunque por entonces  probablemente yo desconocía el significado de la palabra, se trataba de una cábala, o una especie de conjuro de protección para los gatitos, pero sobre todo, creo, era un reaseguro de tranquilidad para mí, ya que  si alguna vez, en la noche, pensaba en ellos, recordaría que había hecho lo que debía y ellos estarían a salvo. Por eso, aquella tarde, la ausencia de uno de los gatitos desbarataba mi mundo.
— ¿Lo ves? —preguntaba ansiosa. Hacía ya un buen rato que el gato no maullaba. Tus respuestas –los no-  resonaban entre las márgenes del arroyo como resonaban  los crujidos de las ramas y yo estaba cada vez más angustiada. Vos ibas por la izquierda del cauce, -la menos profunda, pero de borde más elevado- y a mí  me resultaba imposible verte por la vegetación; por eso sólo escuché dos suaves chapuzones, como si hubiesen caído dos piedras en la profundidad, y a continuación tus gritos.
— ¡Mi Dios! ¡¿Qué es esto?!   —sonabas alarmado. 
— ¿Qué pasa? ¿Lo viste? —pregunté convencida de algo malo que le había pasado al gato
—¡Esperá! ¡Esperá! —gritabas vos,  y yo escuchaba como si estuvieras revolviendo el agua con una rama.
—¿Qué pasó? Más de una vez lo pregunté mientras corría hacia el muelle y vos regresabas chapoteando rápidamente por el lecho arenoso. Traías esa expresión entre risueña y azorada que con los años te volví a ver en especiales ocasiones.
— ¡No te imaginás lo que vi! ¡Acá pasa algo raro! —.Te reías.
— ¿Qué? ¿Qué había? —repetí yo.
— ¡Dos cocodrilos chiquitos! —tus manos grandes separadas unos veinte centímetros— ¡Así de largos!
— ¡Ja! ¡Estás loco!  Solté la risa.
— ¡Te lo juro! —te pusiste serio y me miraste fijamente— ¡Por lo que más quieras!
— ¿Me estás haciendo un chiste, no? ¿Cómo va a haber cocodrilos acá? ¡Andá a saber qué viste…!
— ¡Eran cocodrilos! ¡Creéme!
— ¿De ese tamaño?
—Deben ser crías…, o podría tratarse de una especie desconocida…
—¿Y adónde estaban? ¿Qué hacían?
—En la arena, sobre esta orilla.  Cuando me vieron –deben haberme visto- se lanzaron al agua y desaparecieron. Rapidísimos ¿No oíste el ruido? —resultaban tan convincentes tus palabras.
—¿No serían lagartijas? —yo me resistía.
— ¿Desde cuando las lagartijas tienen la boca alargada  como una espátula y con muchos dientes afilados? ¿Alguna vez viste lagartijas así? ¿Con un enorme ojo amarillo en cada lado? —me increpabas como enojado—. Además, las lagartijas son verdes y éstos eran moteados: la panza blanca y el dorso oscuro y moteado hasta la cola. Una cola gruesa, no delgada como un piolín.
No supe qué decir, pero entre creer y no creer que hubiera  cocodrilos al sur de la provincia de Buenos Aires –y en la quinta y en un arroyito como el Napostá-, me dio por preguntar ciertamente compungida:
—¿Vos creés que se comieron al gatito? Yo todavía no había cumplido doce, y si bien hacía rato me tratabas como adulta, mi pregunta debió poner las cosas en perspectiva, porque se te enterneció la cara y me abrazaste.
—¡Ah, no! ¡Eso no es posible! —hablabas con seguridad— ¡Son demasiado chiquitos para comerse un gato!  Al menos por ahora…
Supongo que la firmeza de tus palabras debió tranquilarme, y entonces seguí interrogándote acerca de los nuevos habitantes  del arroyo.
¿Los viste caminar?  ¿Eran rápidos? ¿Y los ojos? ¿De dónde habrán salido? ¿Habría una madre grande dando vueltas por allí? ¿Cómo habría llegado? ¿El quintero Nicolás habrá visto algo? ¿Nunca te dijo nada? ¿Le habrá comido alguna oveja a Federico?
Algunas  preguntas, a tu modo, las respondiste  mientras guardábamos las herramientas y cerrábamos la casa;  otras, durante el viaje de regreso.  Porque cuando el sol ya se había puesto y con la última luz  nos subíamos al jeep, vimos  a la gata  trepar al olmo  hasta la bifurcación del tronco y  llamar al gatito.  Él respondió desde  una de las ramas más altas, donde aún llegaba el reflejo rojizo del atardecer, y comenzó a descender. 






  

sábado, 5 de febrero de 2011

Los cuadros


Carlos me recibe en su taller; quiere que vea sus últimas pinturas antes de embalarlas para una muestra en el extranjero. Miramos, comento, me explica  y, de pronto, dice que tiene una tela de Felicia que no he visto. Felicia es amiga de él -también pintora y escultora-, un tanto excéntrica en mi opinión.
Sigo a mi amigo hasta su casa a continuación del taller y a la habitación de su hija Sara, la dueña del cuadro; Felicia se lo regaló porque la adolescente quedó impactada al verlo. Y no es para menos: la obra es dramática, técnica mixta en acrílico y madera, fondo negro. En el tercio superior, desde un lado una línea roja ondeante cruza y se vuelve plana al llegar al otro; en el tercio inferior: la mujer acostada, la cabeza a la izquierda, mira al observador con ojos desmesurados, un brazo extendido, la mano abierta como pidiendo ayuda. Está hecha con láminas de madera pintadas adheridas a la tela y sobresale en primer plano. El conjunto es brutal: yo no lo colgaría en mi cuarto como ha hecho Sara. Me deprimiría si cada día al despertar viera esa mirada pavorosa, comento y él menea la cabeza con resignada aprobación.
Es Felicia—dice—. Después que salió de terapia intensiva ha estado pintando su propia muerte. Yo recuerdo que pasó más de un año desde entonces, pero lo que Carlos manifiesta le da un cabal sentido a mi apreciación. Es el espanto y la sorpresa del que no quiere morir ante la inminencia del hecho, lo que ha puesto en esos ojos. Sobrecogedor.
Éste es el primero de una serie —añade—. Todos similares, la misma temática desesperada. Felicia los está regalando a gente muy joven, empezó con el que le dio a Sara.
Lástima no ser tan joven, ¿no será lo mismo que una se sienta así? —lo interrumpo jocosamente.
No creo —sonríe apenas—. Y esto tiene algo siniestro, sospecho —habla exaltado—. Porque con esta dádiva cree estar consiguiendo una suerte de salvaguarda: mientras conserven o cuiden su obra o algo más que no sé exactamente qué es, ella estará bien.
Pienso en una suerte de vampirismo, pero desconfío de esta loca asociación y no digo nada.
Está obsesionada —sigue—. Pinta a un ritmo desenfrenado y cada obra es como un fetiche; en esa calidad la entrega: fetiches y talismanes a la vez. Temo que está dañando a los chicos. Es como si hiciera un pacto con cada uno, endilgándoles la responsabilidad por su salud, su bienestar. Sara no contó nada, pero he escuchado cuando hablan. Felicia la llama con frecuencia. Realmente no la entiendo —se pasa los dedos nerviosamente por el pelo.
A mí no me extraña, ella siempre supo manipular a los demás; ahora,  ha de haberse vuelto loca. Me reservo mi opinión porque Carlos no merece mi sarcasmo ni mi juicio apresurado; en cambio, digo que probablemente esté exagerando, que tal vez a Felicia esta etapa generosa le haga bien. ¿Qué puede estar obteniendo de los chicos más que apoyo o halagos? Si eso le ayuda, todo está en su cabeza.
Ojalá fuera como decís —habla sin convencimiento—. Vos viste este único cuadro. Yo vi los otros que tienen las amigas de Sara. Vinieron a dormir y cada una trajo su obra, no sé para qué porque no dieron ninguna explicación, pero te juro que no hay nada bueno en esos cuadros. Esa noche les eché un vistazo mientras ellas cenaban y me agarró un dolor de cabeza atroz: te lastiman, creéme —me mira fijamente como esperando una explicación que no puedo darle, y recién entonces me doy cuenta de cuál ha sido la verdadera razón por la que me invitó. Es un momento perturbador. Ante mi silencio, da por terminada  la charla y vuelve a colocar la obra en el estante donde estaba. Pero cuando ya casi hemos salido del cuarto, la pintura cae al piso. Nos sorprende.
Uy, no le digas a Sara —pide. La tela ha quedado dada vuelta y mi temor es que la figura se haya desprendido. Pero no. Carlos suspira aliviado también y la regresa a su lugar con sumo cuidado. Te lo ruego, por favor —reitera—. Sara se lo ha tomado muy en serio. Demasiado. Ni siquiera menciones que la viste. Su tono  me hace sentir más incómoda aún. Le aseguro que no lo haré y para disolver esa tensión, pregunto si la obra tiene un título.  Por supuesto. Y uno muy obvio —dice con fastidio—. Adiviná. 
Está alterado por la situación, lo tortura la idea de que Felicia pueda estar usando a Sara de un modo que no alcanza a entender; a pesar de que su agresividad hiere, lo comprendo. Preferiría irme, pero no puedo rechazar el café que me ofrece inmediatamente, como una disculpa.
Carlos termina de servir los pocillos cuando se nos une Erica, su segunda esposa, la madre de Sara. Se anima la charla; poco a poco me voy relajando, al igual que Carlos; hablamos de la muestra por la que viajarán a México, de filmes que debemos ver, de libros. Hasta que Erica contesta su celular. Es Sara que grita, tanto, que Carlos y yo la escuchamos claramente. Felicia acaba de morir.  Estaba en su taller pintando y se desplomó. No pudieron ayudarla. Una amiga de Sara estaba con ella: fue quien le avisó. Llora y pide que la vayan a buscar. Los tres nos hemos levantado conmocionados. Erica sigue intentando calmarla. Carlos toma rápidamente las llaves del auto; no me mira a los ojos, ni siquiera cuando nos despedimos apresuradamente en la calle. Los veo irse. Permanezco un rato sentada en mi auto, me pregunto si Carlos estará pensando lo mismo que yo.



viernes, 10 de septiembre de 2010

LA ESFERA


Descalzo, se para con las piernas abiertas en la habitación en penumbras; estira la nuca, flexiona las rodillas y repliega el vientre. Permanece así, con los brazos sin tensión a los costados, el aire entrando y saliendo imperceptiblemente por la nariz, la vista fija en la pared blanca. Después de unos segundos corrige la postura y ya cómodo, cierra los ojos.

Escudriñando en la oscuridad, observa un punto brillante acercándose despacio; viene desde lejos, desde la profundidad que su mente ha creado. Al detenerse, el punto ya no es punto, sino una pequeña bola resplandeciente. Moviéndose apenas, rodea con las manos la esfera imaginaria: siente calor en las palmas. Poco a poco, la esfera aumenta su tamaño y él extiende manos y brazos y el calor le llega a todo el cuerpo. Cuando la esfera es tan grande como él, y aún más, la eleva por encima de la cabeza y la sostiene en lo alto, liviana. Después, como si vistiese una túnica se desliza dentro de ella, en busca de la serenidad. Allí, en esa esfera imaginaria, siente la placidez de cuando se disfruta de una alegría secreta, allí su cuerpo paladea la certeza de estar en consonancia con el universo.

Esta vez al entrar, curiosamente, por primera vez la intensidad de la luz le ha parecido distinta, apenas un destello instantáneo en la penumbra de sus párpados cerrados, y sin saber por qué piensa en la esfera como algo orgánico. Sonríe. Le agrada la idea de que la persistencia en la práctica incremente su percepción, precisamente para eso sirve el ejercicio que perfecciona desde hace tanto tiempo.

Sin abrir los ojos inicia con sus manos el recorrido interior, palpa la concavidad con movimientos largos y tranquilos. Su cuerpo, sinuoso mimbre, se despliega, se estira de un lado a otro. Es entonces cuando sus pulpejos detectan leves, mínimas rugosidades que nunca antes ha notado. Está seguro de lo que siente, por eso, la novedad altera su ritmo. Leve distracción, pero, el ejercicio no se interrumpe. Más que nunca hoy, ahora, se le han disparado los pensamientos y las sensaciones. Se pregunta si acaso sus sentidos están desbocados. Una oscuridad muy negra lo envuelve durante segundos, luego se aclara. Sin completar un giro eleva apenas las rodillas e, insólitamente, y sin querer, se imagina flotando; incluso, un suave tirón en la cintura –como si hubiese un tope- le da la sensación de rebotar con un vaivén lento. Jamás lo ha experimentado antes y se excita, un cosquilleo tibio recorriéndole la espina dorsal, el estómago y el bajo vientre.

No tiene dudas, ahora, de que ha llegado a un nivel superior de su disciplina, una evolución que le permite otro conocimiento de la esfera sin que su voluntad intervenga. Se siente satisfecho y turbado al mismo tiempo, aunque también con cierto resquemor, pero no el suficiente como para detenerse. Sería insensato, imperdonable, desaprovechar la aventura interior que está viviendo, cerrar esa puerta que persistentemente ha buscado abrir todos estos años.

Da media vuelta y otra vez un relámpago atraviesa sus párpados. Estirándose con placer, como un gato, extiende brazos y manos hacia la luz fugaz. Percibe a través de las puntas de sus dedos una extensión alisada, tan pulida como tibia y húmeda. La impresión casi le hace mirar, pero controla el impulso -si abre los ojos, el ejercicio se termina-, aún así, la excitación lo deja vibrando, como electrizado. La intuición lo guía, le indica la secuencia de movimientos azarosos: encoge las rodillas, se deja caer y desliza los dedos por la parte inferior de la esfera: sus rodillas palanquean en un arco amplio. Palpa más rugosidades. Sonríe al recordar que de esto se trata: polaridades, los opuestos complementarios. Su mente se embebe del conocimiento de la esfera y agradece haber llegado a este punto, donde desde su interior surgen las certezas, las pautas.

De repente se siente abrumado, cansado. La intensidad inusual de la práctica lo afecta, sin dudas, y debe concluirla, ya que esta solo. No hay nadie para guiarlo.

Disfrutando aún de la sensación de ingravidez, de liviandad en su cuerpo, de la plenitud que lo entibia por dentro, de un orgullo creciente, comienza a invertir la secuencia del comienzo. Para liberarse, imagina sus manos rozando la fina tela interior de la esfera. Toma el aire despacio y espera unos segundos para exhalarlo, buscando normalizar su respiración. Se siente radiante, como embriagado, y perdura la sensación de flotar. Lo intenta nuevamente, limpia su mente de imágenes, se concentra en desandar el camino: extiende ambas manos para liberarse de la esfera, para empequeñecerla y transformarla otra vez en una bola brillante pero, una mano toca la superficie rugosa. Es tan real la sensación que se marea. La desorientación instala el temor de no controlar el ejercicio. Quiere terminar ya porque está agotado, le falta el aire. Abre los ojos. En realidad le ha parecido, pero no, porque aún percibe la esfera en penumbras. Permanece inmóvil intentando controlar la respiración y sus pensamientos. Para eso sirve la práctica, piensa aunque su corazón lata acelerado. Entonces, abre los ojos. Una estructura viscosa y curva le provoca una náusea profunda. Las paredes blancas, el piso entablonado han desaparecido. Tambalea, no tiene conciencia de soporte bajo sus pies. Con el corazón en estampida gira hacia la luz, hacia un ventanal redondo y convexo. Su razón desborda. Alucina, tiene que estar alucinando, algo ha de haberle sucedido porque está alucinando, pero al mismo tiempo sabe que si así fuera no tendría ese pensamiento. Por segundos regresa la oscuridad y él desea con todas sus fuerzas que las percepciones se acaben. Siente un tirón en la cintura al regresar la claridad. ¡Sigue en aquella repulsiva habitación! Una opresión le ahoga el grito. Su corazón palpita al ritmo de la pared circular. Desfallece. Con desesperación, pesadamente, se desplaza sobre la superficie viscosa para encontrar el vano de una puerta pero sólo renueva la náusea. Golpea contra la ventana. El vidrio –un vidrio húmedo- le impresiona mucho más grueso y sujeto con riendas viscosas firmemente adosadas. Distingue a través del mismo un ancho borde circular, al otro lado, como un moteado que circunda un halo, una abertura luminosa. Martilla su mente la certeza de conocer la estructura, pero la desesperación le impide recordarlo.

De improviso, el receptáculo viscoso se sacude, la habitación palpitante se agranda. El aire se ha tornado liviano, pegajoso, como si se adhiriera a las membranas de su nariz y allí permaneciera, sin entrar a sus pulmones. Apenas logra moverse cuando otro tirón lo desplaza violentamente hacia un costado. Con pavor palpa en su cintura una excrecencia, un cordón de su propia carne que lo une al techo curvo. En ese momento un haz de luz -relámpago vertiginoso- ilumina la habitación; en medio de un temblor, el círculo, al otro lado del cristal, se cierra y abre como un diafragma. Entonces, en un último instante de lucidez, su cerebro recuerda. Da un alarido y su boca se llena de líquido espeso. Boquea, se ahoga. Se retuerce. Se pliega. Se deshila. Intenta golpear contra el vidrio, pero ya no tiene brazos ni piernas sino colgajos sin forma; pronto, tampoco torso ni cabeza, solamente la conciencia de ser sólo un resto de tejido insignificante flotando en el humor vítreo: lo que vulgarmente se conoce como mosca.

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