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domingo, 25 de noviembre de 2012

Diez cuadras





Cuando comenzó a pasarle también en el trabajo se asustó. Cómo hacés para dormir así, preguntó un día el de seguridad y el así apuntado era haberse dormido de cuclillas mientras acomodaba mercadería. Más tarde, el supervisor  le advirtió que si no solucionaba el problema se olvidara de ser cajero.  Ahí fue cuando le contó a su hermana, la casada; la que le hacía de madre desde que había muerto la madre de los dos. ¿En qué andás, estás tomando? preguntó la chica. Él aseguró que solo unos fernés o cerveza los fines de semana; sin embargo vio la duda en la cara de ella. Se sintió mal,  muy mal y entonces ocurrió: se le cerraron los párpados, osciló pesadamente la cabeza y, en la silla en donde estaba, cayó en el sueño sin sueños. Al otro día, la hermana lo acompañó al hospital.
El doctor habló de un probable estrés y quiso saber si le gustaba lo que hacía, la vida que llevaba. Él respondió que estaba contento por haber conseguido el empleo y que quería conservarlo. Se alivió cuando el médico dijo que no se preocupara y aceptó las pastillas, muestras gratis para un mes. El efecto sería progresivo y notaría los cambios en algunos días, pronosticó el médico.
Cambios notó casi desde las primeras tomas. No era la solución, pero se empezó a dar cuenta de que se dormía porque enseguida soñaba.  Y antes no soñaba nada… “es como si de golpe se abriera  una puerta y yo aparezco en ese lugar: un barrio medio raro”, le contó a su hermana. Siempre el mismo sueño. Además, una voz se lo advertía: ¡Estás soñando, despertá!  La primera vez  la escuchó  justo cuando en el sueño transitaba frente a un potrero lleno de cardos rusos. Ahora es como si estuviera  amaestrado—dijo—. Apenas aparecen la calle y el potrero, la voz me sobresalta y me despierto. Tenía la vaga idea de un sueño más largo, pero no lo recordaba; sólo la calle y el potrero.
Al principio, por el entusiasmo del cambio, la estrategia del sueño interrumpido le dio resultado. Pero con el trascurrir de los días se le volvió en contra. El supervisor, tal vez  para darle un poco más de tiempo, lo mandó a trabajar al depósito y con horario corrido. Las primeras horas transcurrían casi normalmente, pero después todo parecía  trastocarse. Con insistencia, la calle y el potrero con cardos rusos se anteponían al paisaje del supermercado igual que una alucinación o un espejismo. Él lograba desprenderse de la imagen pero el sobresalto, el esfuerzo de despertarse lo agotaban.  Poco a poco lo fue ganando una sensación de andar en el aire o en el borde de un abismo; por las noches caía en la cama como muerto y dormía sin soñar; pero eran noches largas, negras como alquitrán, que  no le traían un verdadero descanso.  Dejó de ver a los amigos. Adelgazó. En ocasiones, una marejada le subía a la garganta y debía hacer fuerza para no gritar o largarse a llorar como un chico. No sabía cuánto más podría resistir. En una semana regresaría a lo del médico. Además de contarle lo del sueño, le hablaría del miedo: le había cruzado por la cabeza que ceder aún más ante esas ganas de dormir sería muy parecido a morirse. Eso pensaba camino a su casa cuando se durmió en el colectivo y se pasó por mucho la parada donde bajaba. Durmió  sin soñar y cuando despertó sobresaltado le habían robado la mochila con el celular y unas pocas cosas que llevaba para la cena. Ningún pasajero había visto nada; alguno lo miró  con compasión y él se sintió vulnerable, perdido. Bajó del colectivo y el olor del cangrejal  le pegó en la nariz. Pronto anochecería y se largó a caminar hasta el cruce por una calle de tierra perpendicular a la ruta, tal como le había indicado el chofer; desde allí  aún quedarían unas cuantas cuadras hasta su casa. Avanzaba por una línea de casas desperdigadas, modestas, sin veredas, construidas en el bajo frente a la lengua de salitral que penetraba desde la zona de marisma. A su izquierda, a lo lejos,  se veían las estructuras del complejo industrial. No le gustó estar allí a esa hora de la tarde y apuró el paso. Las cuadras siguientes, sobre terreno alto estaban más pobladas, con construcciones a ambos lados y así seguía hasta el cruce. En subida, el cansancio  le fue atenuando el disgusto. De repente tuvo la inusitada sensación. Desde su perspectiva, las casas y el suelo que pisaba le resultaron familiares; sintió cada uno de sus pasos ya vivido: había sorteado antes ese desnivel, esquivado tal piedra. Se veía asimismo reacomodando el cuerpo como si caminara entre dos espejos enfrentados y anticipándose una y otra vez a sus propios pasos.  Si eso tenía un nombre —pensó—, su hermana seguro lo sabía. En segundos, la sensación de familiaridad se diluyó hasta desaparecer completamente. Entonces vio el potrero con cardos rusos; lo vio en donde antes había visto casas. Me dormí, dijo en el sueño esperando escuchar la voz. Sin embargo, no ocurrió. ¡Estás soñando, despertáte!, gritó, pero la suya no era la voz que lo despertaba. Una extraña fatiga trepó en sus hombros, le curvó la espalda. Estaba en  aquella calle sin árboles frente al potrero con cardos rusos a los lados, suelo gredoso y piedras apiladas  marcando un arco en cada extremo. Volteó y vio la casa: la recordó por la tela clara en el frente;  no era un toldo, sino que pendía como un cortinado;  una tela liviana que el viento inflaba como a una vela. Era parte del sueño que en uno de esos movimientos ascendentes, él viera en la puerta de la casa al niño que miraba; un niño de unos siete u ocho años que como si lo conociera se acercó sonriendo y le habló: “¿Hoy sí te vas a quedar a dormir?”—preguntó. Él, desconcertado, no dijo nada, solo atinó a alejarse. También era parte del sueño que su torpeza de soñante le hiciera hundir los pies en el agua sucia de una zanja. Recordaba todo. El niño lo escuchaba lamentarse, lo observaba sacudir los pies chorreantes, y después corría otra vez, pasaba por entre la tela y se metía en un patio. Así descubrió él la discontinuidad en las telas y percibió que eran sábanas. Sábanas que ondearon a destiempo y que le permitieron ver al chico hablando con una mujer: lo señalaba con el dedo mientras ella miraba. Temió que el chico estuviera contando alguna mentira, exagerando y reemprendió la marcha;  intentó apurarse para ofrecer cierta resistencia a lo que mandaba el sueño. No pudo mantener el ritmo. Los pies chapoteaban dentro de las zapatillas, cada paso levantaba el olor del agua estancada. Una pesadez agobiante  parecía brotar de sus  huesos, le dolían las piernas, los hombros. Se dio cuenta de que aún en el sueño persistían las ganas de dormir y que ningún esfuerzo para evitarlo valdría la pena. Hiciera lo que hiciera, el sueño ganaría la partida.  Miró las otras casas, todas con sábanas blancas ondeando en el frente; le parecieron brazos amables llamándolo, invitándolo a entrar  para ofrecerle una cama.  A lo largo de la calle, a la distancia, las sábanas se habían multiplicado: dos larguísimas hileras ondeantes como alas de pájaro. No había cruce. Le volvieron las ganas de llorar y lloró dos ríos que le limpiaron el alma. Sintió que tocaban suavemente la espalda: el niño, la misma mirada mansa, tendiéndole la mano. Un viejo sentado sobre un cajón de fruta lo esperaba a un costado. Tenía una respuesta para él, lo sabía. Le hizo la pregunta aunque más no fuera para verificar lo conocido. 
—Diez cuadras de sueño. —dijo el viejo señalando hacia adelante—. Es casi una eternidad. No va a llegar.




Imagen tomada de la red


domingo, 11 de diciembre de 2011

El sombrero del señor Panoszko



     

A la salida del Mercado Municipal, una fuerte ráfaga ascendente le arrebata el sombrero al señor Panoszko. El Panamá, hecho a medida, vuela como un frisbee por encima de los árboles de la plazoleta hasta que otra ráfaga lo baja en picada sobre la rampa del estacionamiento subterráneo. Con sus casi setenta y tres, el señor Panoszko hace gala de un buen estado físico, aunque no para correr y menos con una bolsa de compra en cada mano. Por eso maldice a la ciudad ventosa adonde emigró cincuenta años antes, mientras apura el rescate. Apenas llega a la mitad del puente peatonal, cuando observa con desilusión que el sombrero se prepara para volar otra vez;  efectivamente, a los pocos segundos, carretea raudo por la vereda rumbo a la esquina. Allí el viento arma su última jugarreta: lo remonta como a barrilete, lo hace doblar y  lo deposita sobre la pila de colchones de una camioneta que espera el semáforo. De esto último el señor Panoszko no se entera porque cuando llega, la camioneta se ha marchado y también los testigos.
—En esta ciudad se puede usar gorra, pero no sombrero —se lamentará después en la cola del colectivo cuando el sol se ensañe con su calva.
    
      El sombrero aparecido en el  jardín está algo sucio en el ala. Nada que un trapo humedecido en agua y unas gotas de vinagre no pueda quitar —observa María. Es nuevo —aspira un leve perfume masculino.  Se lo prueba: le queda ajustado. A simple vista le ha parecido casi de niño; sólo que los niños no usan ese tipo de sombreros. Cabeza pequeña —suspira. Al escucharse la memoria se despereza. La escuela, allá, en Lubiszc, cuando Lubiszc era parte de Polonia. En realidad, un grupo de niños y niñas  -ella misma-  gritando: ¡Cabeza pequeña! y  junto a esa imagen se le cruza una idea tan loca que lanza una carcajada. De algunas de aquellas caras retiene los nombres; de otros, no. Entre ellos, el del chico al que molestaban por el tamaño de su cabeza. Parecía un papín —sonríe. Vuelve  a examinar el sombrero, esta vez con los lentes para leer. Además de la etiqueta del fabricante, ha visto otra con  letras  bordadas: E.P.  Las iniciales del dueño, deduce, e  intenta pensar en apellidos que empiecen con pe. Lo tiene en la punta de la lengua, pero no.  De todos modos, sería una locura —reflexiona—. Cuántas probabilidades hay de que aquél chico y el dueño del sombrero sean el mismo.
Dos días después, el apellido irrumpe mientras escribe pan en la lista de la compra. Se entusiasma, más cuando en la guía telefónica encuentra al Panoszko, llamado Enrique. Se siente en la gloria hasta que se percata de que para devolver el sombrero, debe primero resolver algo muy importante. No puede abordar al hombre con la historia de la cabeza pequeña. Y piensa.

Desde hace  tres meses, el señor Panoszko y María Rogalin, viudos los dos, cultivan más que una amistad. Se conocieron  de modo casual en uno de los bailes de jubilados de  la Sociedad de Fomento del barrio Villa Rosas, donde él vive. Asombrosamente resultaron ser del mismo pueblo en Polonia, pero no se acordaban uno del otro. A él le apasiona el buen humor de María;  ella quedó prendada de esos ojos azules. Ninguno ha mencionado nunca cabeza pequeña o sombrero alguno.



Nota para los amigos y lectores que gusten dejar su comentario:
Por algún problema que desconozco, me resulta imposible comentar en mi propio blog, así como también en otros blogs que presentan este tipo de diseño en los comentarios. Espero que se solucione pronto. Muchos saludos a todos.



Imagen tomada de la red

domingo, 23 de octubre de 2011

Ellas





Hubo indicios. Empezó con ciertas voces que entre las vagas conversaciones de la gente alcanzaban un registro extrañamente familiar. Hubo susurros, suspiros y, luego, olores inhallables.  Un eco rebotó en las paredes de la casa cuando cayó al suelo una manzana.  Percibí extensiones de mi propia sombra y a mi alrededor no había nada. Entonces, supe que jugaban conmigo y que los juegos habían comenzado a despertarme. Supe que todavía no era la hora del encuentro.


La certeza de que habían arribado la tuve hace dos días. Regresábamos a medianoche y al doblar por una esquina, las luces del vehículo iluminaron dos mujeres paradas a un lado de la calle. Las cabelleras largas, cejas y pestañas aún reverberaban cuando pasamos a su lado.  Idénticas y albinas.  Se me erizó la piel, pero no dije una palabra. La mujer que iba conmigo invocó a su dios y no quiso darse vuelta por miedo a que no estuvieran allí cuando mirase. Hizo bien. Las gemelas se dejan ver sólo por instantes y presenciar su acto provoca terribles consecuencias.

A partir de aquella noche todo se ha acelerado. Hace un rato escuché  risas en el patio y por la ventana vi dos gatos atrapar un pájaro. Me miraron, cada uno con un ala de la presa entre los dientes, se regodearon y luego la soltaron. Es su señal. Saben que estoy preparado; que me he convertido, otra vez, en la especie más feroz.   
Ahora salgo porque ellas están cerca; no soy más de los que esperan que llamen a la puerta.


Fotografía tomada de la red



sábado, 7 de mayo de 2011

Los que regresan



 


Generalmente aparecen después que jinetes y monteros han llegado; sonrientes, fatigados ellos también por el trajín de la jornada. Camino al Gran Chalet suelen entretenerse un momento en los establos y mal les pese -a ellos y al cuidador-, siempre incomodan  algún caballo. Siguen entonces al cobertizo en donde los carniceros despostan  los jabalíes, pero no permanecen demasiado en el lugar  por eso de la sangre y de las vísceras. Prefieren recorrer  las perreras donde los agotados sabuesos descansan; uno siempre aúlla contagiando al resto y su montero debe dejar de limpiar las escopetas para imponer silencio. Allí nomás, en la larga hilera de armas dejan ellos las suyas, pequeñas carabinas un tanto viejas, y parten risueños hacia la casa. 
Entran presurosos a la cocina de la vieja Beth, quien malhumorada por el jolgorio los regaña sin dejar de vigilar a la nueva cocinera y a las mozas que preparan los manjares. Luego, desoyendo las eternas recomendaciones del ama de llaves,  corren hacia la galería vidriada en donde los huéspedes aguardan la cena. Mezclados entre sirvientes que acarrean bandejas con copas, hombres y mujeres ya acicalados relatan las anécdotas del día; reviven una y mil veces las persecuciones de los perros, la astucia de los cerdos, las emboscadas  en la espesura y los disparos. De tanto en tanto, los hermanos comparan lo que escuchan con lo que en realidad  vieron y ríen como locos. Divertidos, se quedan entre  la gente que recrea las hazañas hasta que el mayordomo invita a todos a sentarse a la mesa. Es cuando aparecen el anfitrión y su esposa, y el momento que a ellos menos les gusta. Qué sobrepuesta que está la Señora. Qué terrible accidente aquél día.  Qué desgracia con esos niños. Los comentarios siguen entristeciéndolos.  De lejos, miran a la pareja con la pesadumbre que da la nostalgia de besos y caricias. Se miran el uno al otro y ven lo que no quieren ver. Apenas advierten los ojos escrutadores de la madre buscándolos entre el vaho oloroso a  cigarro, sudor y perfumes, comprenden que es momento de irse. Y desaparecen. Hasta la próxima cacería.  




Imagen: La caza del jabalí, de Rubens, tomada de la red
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sábado, 9 de abril de 2011

Pueblo chico





En este lugar nos conocemos todos y eso, en cierto modo, facilita las cosas. De ahí que  no me importara declarar ante la fiscal del distrito (una muchacha preciosa): en la sala, ella era la única extraña. Durante la indagatoria imaginaba su vientre nacarado ondulando bajo mi peso; me cambió el ánimo... Estaba interesada en cuando fui monaguillo y  le dije que a mí el cura nunca me había tocado, que jamás había escuchado que le hubiera pasado a otros.  Lo mismo aseguraron Sper, el comisario inspector; Toño, el de la Marítima y el editor del ‘Pregón del mar,’ entre los de aquella época.
Más tarde, algunos de nosotros estábamos en “The Avengers” tomando unas copas cuando aparecieron  el abogado Ferroni y  la fiscal y  se sentaron a nuestra mesa (sentí que tocaba el cielo). Resultó que habían estudiado juntos y Ferroni y su mujer la hospedaban en su casa. El tema fue inevitable.  Después de lo de la mañana,  supusimos  que la investigación del crimen  iría al frío.  Ferroni coincidió con nosotros. Ella, con elegante discreción  sólo confirmó lo que decía el periódico: sin móvil claro ni sospechosos. Agregó que no estaban seguros de cuál fue el objeto punzante, dicho de un modo que me alteró la respiración.
Después, hablamos de otras cosas y la balanza se inclinó para mi lado. Es una muchacha sencilla. Nació en un pueblo como este, en la sierra; los estudios los pagó trabajando y, por ahora, está casada sólo con su trabajo. ¡Vaya suerte!
La invité a navegar y aceptó. En este momento de mi vida siento que puedo lograr lo que me proponga: sólo deseo hacer las cosas bien. Ferroni y su mujer nos acompañarán. Le mostraremos los mejores lugares de la bahía. Quiero que salga perfecto. Ya tengo casi todo listo abordo, sólo me falta reponer el pica-hielos para preparar los tragos. 


Imagen tomada de la red


domingo, 27 de febrero de 2011

Entretenerse



Temprano, el Duque avisó que había autorización y quién sería el candidato. Eso levantó un poco el ánimo. De tanto en tanto venía bien un poco de acción, si no las guardias se hacían muy largas. No hizo falta coordinar las tareas.
Después de cenar cuando se juntaron en el predio,  el encapuchado ya estaba de espaldas contra el paredón. En calzoncillo y camiseta, así se veía mejor. Con un tono acorde a las circunstancias, el Gaucho le informó que debido a una disposición interna debían  mantenerle la venda sobre los ojos, aunque si él quería podían desatarle las manos.  El tipo, temblando, estuvo de acuerdo.
Jiménez dio las órdenes y los otros prepararon, apuntaron y dispararon al unísono un proyectil cada uno. El condenado se sacudió al tiempo que llevaba los puños al pecho y caía de costado.  
A algunos, las carcajadas los doblaron en dos al verlo boquear y patalear todavía, en el piso. No fallaba: cómo se la creían, cuando en realidad las balas se clavaban en la pared, a un metro por encima de la cabeza.
El que había levantado las apuestas fue el encargado de corroborar si el prisionero se había cagado encima.  Lo inspeccionó, lo pateó, lo auscultó.
¡No ganó nadie! —gritó— ¡Que se muera no vale! ¿Qué hacemos? ¿Tenemos tiempo para otro o dejamos la guita en el pozo?


Imagen extraída de la red

jueves, 6 de enero de 2011

Elegía de las islas

Días de ocio en una eternidad  de no hacer demasiado. A cadencia de remos, velas arriadas, surcas mi archipiélago de penas. No me ves y te observo: rondas cauteloso, te arriesgas dentro de mis aguas; tal vez te atrajo mi olor, pero no has oído mi canto. Patrón absoluto de tu barco, rezumas  talento natural para el ritual que a mí me pierde;  presiento de sólo mirarte poder amar para siempre.
En la orilla donde habita la razón, allá lejos, el humo azul me advierte, sin embargo: éste es sólo  tiempo de festejos y vas a lastimarme. Pero estoy en otra orilla, aún hay rescoldos mi corazón, y la adivinación puede estar equivocada. Por eso cometo el desatino, reniego de mis promesas y, egoísta, oculto lo que te alejaría. Cuando el viento cálido levanta, desenredo las algas de mi pelo, del agua emerjo transformada. Con muslos vertiginosos, soy toda mujer ofrendada a tus ganas y estás tan obnubilado que no ves el rastro de escamas en la playa, el juego del cortejo como trampa.
Así, sucumbimos interés y deseo, la pasión recorriendo geografía de islas y de cuerpos. Frenesí contra frenesí dices quererme  y como en las tempestades navegamos a la capa  durante el largo tiempo en el que crece mi esperanza. Para ser la mujer del resto de tus días debes pedirme, sincero,  partir contigo y se  cumplirá mi anhelo: ser amada para  permanecer dichosamente humana.  
Hablas de irte, -ha llegado otra vez la hora de blandir espadas y tus hombres te reclaman-, pero no pronuncias las palabras, sólo prometes algún día regresar a buscarme. 
Profunda herida con lamento silencioso restañada. El mar diluye mi llanto más salado, el presagio del humo fue certero; yo la equivocada. No eres quien me alejará de las islas, sino otro condenado.
Te despido y partes. La culpa quema mis entrañas mientras miro la niebla segadora que te alcanza. Pronto vuelvo a ser quien era y mi cauda me sumerge en lo profundo, donde  duele el gesto azorado de tu cara, la certidumbre de saber qué hice.  Triste paisaje te acompaña, barcos naufragados, túmulos de mis amantes. Y retorno  a mi ocio de ninfa, mientras otro cuerpo en el abismo se deshila.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El auditor y el hombre en mono blanco

El hombre en mono blanco barre la pinocha que le cae encima como si  fueran goterones.
—Dígame, ¿usted sabe por qué  le llueve esto, verdad? —pregunta el auditor.
—Por supuesto, señor. Y ha sido una condena justa.
— ¿Y sabe de dónde viene? —el auditor señala la llovizna.
—Me han dicho que de la Luna.
— ¿Le han dicho…? ¿Quién? Si usted no habla con nadie.
— Eso es lo que usted piensa.
— A ver dígame con quién, si está solo aquí. Debe estar solo… ¿Entiende que tengo que anotar todo lo suyo, no?
— Sí, sí, cuando me leyeron el acta se incluía su visita, es su trabajo. Le explico: hablo con gente que viene a mi cabeza, y lo hago en todo momento. O cuando lo necesito.
—Ah, entonces habla con usted mismo.  O lo que es igual: habla solo.
—No, no. De ninguna manera.  Hablaría solo si yo me preguntara y me respondiera. Pero no es el caso. Ya le he dicho que hay gente, otras personas  en mi cabeza.
—Claro, gente imaginaria.
—Mire, si  quiere verlo de ese modo, yo no puedo impedírselo. Pero sepa que fui una persona muy limitada, casi no estudié. Apenas si leía el misal. Usted comprenderá que me faltan muchas respuestas y, sin embargo,  cuando tengo que resolver algunas cosas,  alguien de los que anda por allí, adentro mío, digo,  sabe darme lo que busco; cosas que  yo ignoraba completamente.
—Ajá. Como el asunto del origen de la pinocha, ¿no?
—Exactamente.
— ¿Y quién fue el que le dijo eso?
—¿Usted quiere saber el nombre?
—Cualquier cosa: el nombre, qué hace, de donde sacó que la lluvia suya viene de la luna.
—Bueno, el nombre no se lo pregunté nunca -no soy curioso-. Además,  como no los llamo, no necesito conocer ningún nombre.  Pero, los reconozco por la voz. Eso sí. El que me contó lo de la lluvia es un tipo joven, más o menos de su edad, pero con canas.  Cómo supo él lo de la Luna -con mayúsculas-, le puedo decir.
—Le escucho.
—Estaba en la cabeza de otro justo cuando al tipo le leyeron el acta. Allí informaba la procedencia del regalo. Claro que a ése le llovía otra cosa.
— ¿Regalo?
—Así le dicen ellos, sí.
— ¿Regalo por qué? ¿Qué había hecho?
—Había matado a un angelito.
— ¿A un niño?
—No, no, a un ángel de verdad.
—Entiendo, pero, entonces, me parece poco regalo una lluvia.
—No vaya a creer. Hay lluvias y lluvias. Sobre todo si vienen de la Luna.
—Tiene razón, lo que llega de la luna, perdón, Luna, es bravo siempre. Es que allí son especialistas, no hay nada que hacer…¿Y cuál era lluvia del que mató al angelito?
—Le caía azúcar encima.
—No me parece tan terrible el azúcar...
—Usted no se imagina lo que es barrer azúcar.  Además tener permanentemente una cortina blanca adelante es muy molesto. Porque la lluvia del tipo era torrencial, no como esta garuita que tengo yo.  El azúcar se mete en todos lados, se disuelve en las secreciones, se pegotea; además,  se acumula rápido y hay que barrer y juntar, barrer y juntar. En cambio, la pinocha no es tan complicada. Fíjese usted que hace un ratito que no barro y no se ha  amontonado tanto… Lo único que tengo que evitar es mirar hacia arriba, por las dudas, y me pierdo los cielos ¿me comprende?
—Claro que sí. Yo estoy asombrado por lo que sabe. Se ve que  le han informado bien –sea quien sea- porque me ha dado ciertas respuestas que no tendría que conocer.
—¿No le dije?
— ¿Le puedo hacer una última pregunta ? Y esto no va a constar en mi informe porque es pura curiosidad personal.  Por eso no tiene obligación de contestarla.
—Pregunte, nomás.
— ¿Por qué le llueve pinocha a usted? Ese dato no figura en mi  planilla. ¿Qué fue lo que hizo?
—Yo fui el  primero en matar a un auditor en infiltrados. Pero, venga, no sienta temor: ya me vacunaron para que no vuelva a ocurrir.




miércoles, 15 de diciembre de 2010

Observando a Estela


 Podría decirles que a Estela la tenía vigilada, pero vigilada es una palabra fuerte. Una expresión más  adecuada sería la seguía de cerca, aunque tampoco se puede tomar  al pie de la letra porque Estela no iba a ningún lado. ¡Ojo! No soy un acechador ni un pervertido, ni nada parecido.  Simplemente  me gustaba mirarla, me entretenía.  Además, ella estaba en un nivel inalcanzable a mis posibilidades y era lo único por hacer.
Soy un tipo de costumbres: el vermút con los amigos el sábado al mediodía, el fútbol los domingos, el mate al volver del trabajo, el vaso de agua y la novelita policial al acostarme. Por eso, a la tarde, sentado al lado de la ventana, entre mate y mate, también se hizo costumbre observar a Estela.
Nunca supe de dónde vino, un día llegué y ella ya estaba en el vecindario: ahí empezó lo nuestro; a la hora que regresaba y los fines de semana, siempre estaba accesible a mi propósito, casi como si supiera. Era un placer verla  ocupada en alguna tarea que por ignorancia propia de sus menesteres y por la distancia, yo desconocía. Me intrigaba no encontrarla en otro lado, aunque no estaba seguro de reconocerla de cerca.
Muchas veces sospeché que ella hacía lo mismo conmigo. Digo: yo no estaba obsesionado, no la miraba fijo continuamente, porque me distraían otras cosas en la calle o mis propios pensamientos, entonces cuando volvía a mirarla, ella estaba quieta como observándome. Se quedaba, así, manteniendo una postura casi desafiante y luego continuaba sus quehaceres. Esas actitudes me hicieron pensar que lo nuestro era mutuo. 
Recuerdo la noche cuando desapareció. Fue un sábado. Llovía y antes de acostarme me asomé por la ventana. Me entretuve con la lluvia unos minutos, le eché una mirada a Estela —incansable con sus cosas—, cerré la ventana y me acosté a leer.
Me desperté porque la patilla de los anteojos se me incrustó en la sien izquierda, desvelado y con sed. Mi boca parecía de papel. Eran las cuatro. Sin mirar agarre el vaso y estaba por tomar un trago cuando vi a Estela delante de mi cara. Quedé duro. Estoy soñando, pensé. Parpadeé: Estela  seguía allí. No supe si fue la impresión, el vidrio o los anteojos, pero se veía enorme. Rápidamente se desplazó y sentí un leve roce por el bigote y el costado de la cara. En ese momento me agarró el ataque de locura. Me transformé en una máquina de dar manotazos. El vaso, los anteojos, el libro volaron por el aire. Salí disparado hacia el extremo del cuarto, miré y Estela no estaba. Una picazón  me recorría todo el cuerpo. Preso de un nerviosismo incontrolable sacudí mis pelos, me saqué el pijama y después de revisarlos, me puse los zapatos. Así, casi desnudo empecé a buscar a Estela, seguro de encontrarla en algún lado. Sin embargo, no estaba.
Fue un domingo intranquilo y con culpa. Sé que tuve una reacción intempestiva, pero fue el instinto.
Por suerte, ella demostró no ser rencorosa, ya que el lunes cuando regresé del trabajo, Estela estaba en su lugar. Ninguno dijo nada. Todo siguió igual, excepto que desde aquella noche cuando me despierto sediento voy al baño, y en un rincón de la pieza puse un balde porque ahora sé que, como cualquier bicho, las arañas también toman agua.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El niño en la vereda

Cuando llegó mi marido le dije que había un niño en la sala y que debíamos llevarlo hasta su casa; él  miró hacia donde estaba el nene  y con gesto resignado tomó las llaves del auto otra vez. Cubrí al niño con mi chal negro porque el viento estaba helado y lo senté adelante sobre mi falda.
— ¿Adónde vamos? —preguntó mi marido.
—Almafuerte  nueve ocho  nueve  —indiqué—. Es asombroso que siendo tan chiquito sepa su dirección, ¿no te parece?
—Cada vez son más avispados los chicos…—asintió, y me echó una mirada mientras yo le acariciaba la cabecita al nene, cuidando de no tocar la sutura en el cuero cabelludo.
Fuimos por  la avenida que ya comenzaba a encenderse a esa hora de la tarde. El niño iba erguido pegado a la ventanilla y parecía disfrutar de  las luminarias.
—¿Dónde estaba? —preguntó mi marido.
Como si el niño fuera sordo susurré estúpidamente:
—En la vereda de la guardia del hospital: la madre me pidió que lo cuidara mientras hacía los trámites del seguro por el accidente en el colectivo.
El niño me miró y señaló con su dedito el enorme cartel de la Coca con el oso polar. Le sonreí; siguió observándolo hasta que  no pudo más y, al volver la cabeza, la gasita yodada que sujetaba los puntos se bamboleó y desprendió ese olor metálico que aborrezco.
En  9 de Julio, el alumbrado  aún no se había encendido; el nene fue señalando con el dedo y contó: uno verde, dos verde, tres verde. Le hice un galope con las piernas para animarlo, entonces se reclinó sobre mi pecho y  se llevó el dedito a la boca, avergonzado.
Mientras esperábamos el semáforo en  Roca, se apagó  la luz en la calle y el nene no volvió a moverse.
A  la altura del mil cien mi marido dobló, condujo una cuadra más y volvió a doblar. Había corte de luz en el barrio.
—Es acá—indicó, y estacionó frente a unos departamentos en planta baja—. Andá,  te espero.
Abrí la puerta del coche y, mientras lo arropaba, le dije al nene que saludara a mi marido y le hizo adiós con la mano, la misma manita que le tomé cuando entramos al pasillo ancho y largo que separaba las hileras de  viviendas.
—¿Cuál es tu casa? —le pregunté. Y el nene señaló hacia el fondo donde había una luz de emergencia encendida.
Empezamos a caminar por la vereda a lo largo de un cantero aún sin plantas; íbamos con cuidado porque ya había oscurecido, muchas persianas estaban bajas y en las pocas ventanas abiertas la luz era muy débil.  Casi a la mitad del recorrido, el niño comenzó a llorisquear.
—Ya llegamos, querido —le dije, e intenté apretarle la manita para consolarlo, pero se soltó y sorpresivamente salió disparado.
— ¡Cuidado que te caés! —grité, mas no hizo caso: corrió unos cuantos metros antes de  tropezar. El chal que se  había ido desprendiendo durante la carrera, ondeó de manera extraña por el viento y le cayó encima: lo cubrió completamente. Por unos segundos  me causó  gracia que quedara así, pero enseguida me apuré porque debía estar asustado. Fue extraño que no se  moviera; había visto que apoyaba las manos, estaba casi segura de que no se había hecho daño. Pero entonces me acordé de su herida en la cabeza, y corrí.  Me incliné  y cuando extendía los brazos para alzarlo, con pavor, me di cuenta de que no había niño debajo, sólo mi chal tirado en la vereda.
Subí al auto jadeante, alelada, pero mi marido no preguntó.
Antes de regresar, dimos muchas vueltas por el parque. El viento soplaba aún más fuerte, pero allí había luz; igual que en el hospital, cuando llegamos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Los ojos del Buda



Falta poco para que amanezca y no durmió; ha estado leyendo lo que siempre lee en la víspera. Como agua de pozo en medio del follaje, la lectura lo sosiega. Valgan el temblor y la fiebre de días anteriores, el privilegio de este día.  
Se prepara: lucirá un atavío principesco; por elección, irá descalzo. Escucha música afuera; oye también voces silenciadas que más tarde, cuando él termine, se llenarán de  júbilo.   
La claridad  sin sol lo llama y sale. Contempla el caserío, más abajo el hilo de agua serpenteando el bosque, los cultivos y las montañas todavía oscuras. Los ve desvaídos por la bruma gris del alba y apresta sus ojos tan despiertos. Necesita embeberse del lugar para que sus manos se impregnen con la magia. Mira hasta embriagarse de paisaje como se ha embriagado  tantas veces en desdicha. Mira para que al pintar los ojos, éstos deseen mirar  porque ya conocen.
Cuando el sol asoma vibran címbalos y él camina con majestad hacia la estatua: feliz, casi como si la llevase a ella de la mano.  Sube espejo, pigmentos y pinceles al andamio. Abajo, sólo los mantras acompañan: nadie osará mirar mientras se crea lo sagrado.  
A la hora de la Iluminación, el pintor descansa  su mano unos segundos en el pecho, donde guarda las cartas que relee, y luego, de espaldas con pinceles al hombro y enfrentando el espejo, despliega su arte. Pinta los ojos a la estatua. Pinta lo que ha conocido tanto, lo más bello: el valle natal, las montañas azules, la sonrisa en los ojos que un día dijeron hasta luego, sin saber que era adiós.



Inspirada  en la tradición Nètra Mangala, (el ritual de los ojos), de Sri Lanka  en la que un artista especial, en una ceremonia, pinta los ojos a la estatua de Buda, lo último que se hace y que le confiere su carácter sagrado

lunes, 15 de noviembre de 2010

Volver

No la ve desde hace más de dos años. Este regreso es casi empezar de nuevo y le hubiera gustado presentarse de otra manera. No así, con el pelo largo, la barba rala sin afeitar y el pantalón sucio. Ella aprecia la pulcritud y la ropa limpia. Después de mirarlo de arriba a abajo cuando él lucía impecable, ella sonreía y asentía con la cabeza. Por eso, antes, él siempre se esmeraba con la ropa y también con los buenos modales. Esto último sigue igual (la buena educación dura para siempre dice su mamá) pero no ocurre lo mismo con su aspecto. Desde hace unos meses lo ha ganado el desánimo y se le nota en la cara demacrada y en la postura. Junto con el optimismo se fueron también sus rasgos de niño, dejándole un rostro cambiante al que no termina de acostumbrarse.
     Puntualmente hoy, además de la apariencia le molesta otra cosa. Él hubiera preferido verla en otras circunstancias. Encontrarla, por ejemplo, en la entrada de una tienda, él, con las bolsas llenas; se las hubiera arreglado para abrirle la puerta de vidrio mientras ella le agradece la gentileza. O si no, coincidir en la cola de la caja del supermercado y entonces le hubiera cedido el lugar porque él llevaría el carrito rebalsando de mercadería y ella, pocas cosas. Esos, sí,  serían buenos encuentros.  
En cambio, en este momento se siente culpable, como si de algún modo le hubiera fallado, a pesar de haber seguido su consejo y terminado la escuela vespertina. Según dicen eso le dará más posibilidades. Lástima que las posibilidades no se coman, que el novio de su mamá se haya ido hace tres meses y que a él, en el mercado lo hayan suspendido hace más de una semana.
Sí,  en el fondo no le importa nada su apariencia, lo que no quiere es volver. Y sin embargo allí está, otra vez ante la puerta esperando que ella abra la ventanita, para decirle como antes: —Buenos días, señora  ¿tendría algún alimento para ayudarme, por favor?


 publicado en  Seis de Espadas, 2007.

viernes, 15 de octubre de 2010

Proveedor Gourmet

¡Miren! ¡Allá está! ¡El criadero natural más grande por estos lugares! Tiene razón Xlumi Tis;  él sabe porque estudia los ciclos y la demanda del  mercado. Por algo es de los mejores chefs de Xlovadi. Dice que nunca habrá problemas de abastecimiento si se respetan los tiempos de las especies. Y que no hay que temer, aunque los precios se encarezcan por el flete (si sabré yo lo que cuesta llegar hasta acá), porque la buena materia prima se paga bien.
Recuerden: el tour únicamente incluye el traslado y la degustación. Por el modo de recolección no pregunten; es secreto profesional. Sólo les digo que perfeccionarlo llevó mucho tiempo. Éstas son piezas muy pequeñas, frágiles, y deben llegar en perfectas condiciones. No trabajo a granel. Tomo la precaución de empacar por variedad y tamaño y eso facilita el trabajo en las cocinas.
La preparación correcta enaltece a un cocinero, eleva al restaurante a una categoría superior. Pero, el sabor, la consistencia de las fibras se alteran sin remedio si se desconocen los procedimientos correctos.  ¡Si habré visto reputaciones arruinados por la elección de una variedad equivocada o un punto de cocción inadecuado!  Ahora, ¡qué manjar de los dioses cuando están bien preparados!
Como sibarita prefiero lo sencillo, lo simple: a mí me gustan fritos. Los cocino yo mismo. Uso variedades mixtas  —para este tipo de cocción importa  sólo el tamaño—. Descarto las  piezas pequeñas por desabridas y las muy grandes, por la grasa. Elijo las medianas  —alcanzan el grado justo de crocantez y  dulzor—.  ¡Jamás  usen grasa de samú!  Sólo aceites neutros como calenis o tercure. Y no hay que vacilar; que los chilliditos  y las contorsiones no los amilanen. Son simples movimientos reflejos. Tampoco se deben pinchar porque pierden jugo: hay que tomarlos firmemente  con una pinza y cocinarlos apenas dos segundos. Es todo. Sí pongan  especial atención a  la temperatura del aceite. Nunca debe superar los 170 -175º Tun porque si no, los humanos se achicharran.



jueves, 7 de octubre de 2010

La gata

No sé por qué me puse a cortarle la carne a la gata. No lo había pensado antes, pero por ahí fue a propósito; o, quizá,  porque como tenía el cuchillo en la mano, ella se había puesto a maullar  y no me dejaba caminar. Alcira llegó justo cuando le daba a probar unos pedacitos. Me dio bronca que entrara sin llamar, aunque la vieja no tenía la culpa -Ernesto siempre deja la puerta abierta-.

— ¿Qué te pasó en la frente? —preguntó.
—Nada.
—Nada —repitió ella—. Algún día no contás más el cuento vos.
—Perdé cuidado —le dije, y volví a cortar. Todavía me temblaba un poco la mano y sentí que me tajaba un dedo. Justo en la coyuntura del pulgar. La misma sensación que cuando corté un tendón en la carne, sólo que me agarró como una electricidad fría. Pero no me sangró enseguida, debe haber sido porque tenía las manos heladas.
— ¿Comiste?
—Temprano— le mentí. Y le tiré a la gata más tiritas de carne.
—Así me gusta —movió la cabeza—. Pensá que ahora tenés que comer por dos.
Me empezó a sangrar el tajo. La sangre corrió por los pliegues del nudillo y manchó la carne. Yo siempre le corto finito a la gata para que coma rápido y se vaya porque Ernesto la saca a patadas cuando la ve adentro, pero entonces se los tiré como estaban, medio grandes, mezclados con mi sangre y todo.
— ¿Le encontraste la cría ya? —preguntó, mirando a la gata que lamía los últimos pedazos antes de masticarlos.
—Todavía no.
—Apuráte, si esperás más no te vas a animar a ahogarlos —aconsejó.
—No importa...
—Ja. No importa…, sí, tenés razón… Decile  al Ernesto, a ver qué pasa —se burló—. Sabés… estás rara hoy… ¿Será la preñez, che?
La gata se había devorado todo y olisqueaba el aire.
—¿Necesitás que te traiga algo?—dijo la vieja, ya saliendo.
—Me arreglo con lo que tengo —negué con la cabeza.
Apenas se fue puse la tranca y limpié el cuchillo otra vez. El dedo me ardía por el detergente. Vi a la gata ir hacia la pieza.
— ¡Ahí adentro no! —grité, pero ya se había metido.
Cuando corrí la cortina, lamía el charco oscuro en el piso.






Este cuento resultó finalista en el concurso de la editorial Disculpe las molestias, Mexico

lunes, 4 de octubre de 2010

Chance


 Aparentemente estás jugado. Listo. Pero tal vez  haya una posibilidad y lo vas a intentar.
Mirás al tipo en el piso: tiene un agujero en la cabeza. ¿Lo fusilaste o se suicidó? Los canas vociferan desde los techos.
“¡Vengan ustedes!,”  gritás. 
Y te reís. Estás loquito. ¡No sabés  por qué!  Quizá porque tomaste mucha merca, quizá  por el arma en la mano. ¡Qué bien calza!.. Sentís seguridad (siempre te gustó la sensación). Ajustás los dedos a la culata, al gatillo: está liviana. 
“¡La puta madre! ¿A quién le sacudí nueve veces? ¿A la yuta? ¿Qué carajo pasó?”
Entonces creés que se te revienta el pecho, que te morís…, justo cuando el milico tira de los pelos y otra vez  saca tu cabeza del tacho. El aire se pelea con el agua que ya tenés adentro. Si tan sólo pudieras recordar qué mierda  hiciste…

martes, 31 de agosto de 2010

EL ESCANDINAVO Y LA PANACEA

I
Al hombre que soñaba no le veía la cara, pero sabía que era yo mismo. Sólo que a él le decían el escandinavo. Tal vez fuese de allí, donde sea esté ese lugar. Él tapaba cajas muy grandes. Le costaba su esfuerzo y un cansancio extremo que cuando le acometía lo dormía ahí mismo. En esos momentos, el escandinavo hablaba. Preguntaba si hacía un buen trabajo. Yo no me había fijado, como él insistía miré. Algunas tapas estaban mal calzadas. Óptimo no, dije. Pero él seguía preguntando una y otra vez. No escuchaba. Al final me callé y él hizo lo mismo. Después pasaron cosas. No recuerdo qué. Así son los sueños.
II
Al escandinavo le deshacían el trabajo mientras dormía. Al despertar volvía a lo suyo. Luego dormía de nuevo. En su trance preguntaba quién era el culpable. Me aposté para averiguarlo. Fui el único entre los del sueño.
Dos tapas se movieron y sendos nubios altos salieron de las cajas. Ellos destaparon otras dos; aparecieron una mujer y otro hombre en trajes de jade. Nunca pensé que hubiera alguien adentro de las cajas. Después pasaron cosas. No le conté al escandinavo porque no escuchaba.
III
Cuando llegué, él, dormido, repetía hasta cuándo. Supe a qué se refería porque las cajas estaban tapadas. Me dio pena. Pregunté a otro de los del sueño qué hacer.
—Saquemos el jade de la boca de los nubios —dijo. Sabía lo que hablaba. Después quitamos los trajes al hombre y la mujer. Tapamos todas las cajas.
Va tiempo que nadie las destapa. El escandinavo duerme solamente. Puse jade en su boca aunque él no esté dentro de una caja. Ya no pasan cosas. Sólo los del sueño andamos por acá.

Cuento Finalista en I Concurso Nacional de Cuento “Ruinas Circulares” 2008 - Argentina.

domingo, 11 de julio de 2010

GUYUK

Khir le había mostrado el camino en un sueño. Luego Ob lo reprodujo cuidadosamente sobre una pequeña tabla de arcilla. En otro sueño le enseñó las palabras y los hitos, entonces él completó su mapa . Durante ciento ocho noches memorizó el itinerario con los ojos cerrados. Sus dedos recorrieron la tablilla hasta dejarla pulida y lustrosa. La noche ciento nueve soñó con el árbol. Supo dónde terminaba su camino y se alegró. Esperó la luna propicia para emprender el viaje y partió solo porque así debía ser. Pieles de uris cubrían su cuerpo y los pies; llevaba colgada en la cintura la tablilla envuelta en cuero blando. Ni vara ni cuchillo. Antes de que saliera el sol estaba en los lindes del bosque al pie de la montaña. Descansó durante el día y no comió nada para purificarse. Sólo bebió agua del deshielo. Al anochecer hizo una hoguera para alejar las bestias, ya que había visto lobos blancos. Ayunó tres días más permaneciendo en el mismo lugar. La cuarta noche soñó el pájaro. Era de color bronce con un collar de plumas negras, alas amplias y un pico corvo y rojo. Nunca había visto ave tan imponente, por eso durante el quinto día dormitó tranquilo. Cuando se ocultó el sol desenvolvió la tablilla. Sus dedos la recorrieron por última vez y luego de un golpe la rompió. Con una piedra convirtió los trozos en polvo y pronunciando las palabras aprendidas en el sueño lo esparció en las cuatro direcciones. Apagó el fuego y se quitó el atuendo. Estaba listo. Debía cumplir el extenso recorrido en una única noche, pero Khir le había advertido que no se preocupara porque la noche sabía esperar. Emprendió el ascenso, el ayuno había fortalecido su espíritu. Uno tras otro fue encontrando los hitos. Una roca blanca, un tronco partido, el hilo de agua, la hoya profunda, una barrera de hielo y ciertos pinos. Hubo rodeos hacia un lado y hacia el opuesto evitando escollos como piedras grandes y arbustos densos, pero siguió la senda correcta. Aunque la noche era fría pronto su cuerpo fue un fuego. Sus pies parecían alados sobre el mantillo húmedo o enredaderas extendidas en el suelo. Aminoró sus pasos al llegar al desfiladero. Hubo tramos donde la roca lastimó sus pies, pero él no se dio cuenta. Nuevamente en la fronda dejó atrás la cornamenta de doce puntas, una cueva y los pinos secos. En los claros su cuerpo empapado brillaba. Durante horas ascendió sin dudar sintiendo el tambor de su pecho en la garganta y las sienes. Abandonó el bosque y finalmente avistó dos grandes rocas blancas y otra encimada formando un arco. Se detuvo. Había completado el recorrido y la noche aún lo acompañaba. Exhausto y temblando se sentó debajo de las piedras. En ese momento una nube ocultó la luna y en la oscuridad él presintió el abismo adelante y la mirada de lobos detrás. Quiso pararse pero no pudo porque una punta le atravesó el pecho. Cayó hacia adelante interminablemente y en silencio. Mientras caía pensó en el pájaro. Así murió Ob, el cazador. Su cuerpo quedó desmadejado en el hielo de una grieta.

Cuando volvió a la vida estaba en el árbol y la tibieza del nido lo embriagaba. Era un niño pequeño otra vez y su madre, el ave de pico rojo estaba a su lado. Guyuk, dijo ella; ése sería su nombre. Miró hacia abajo y vio otras ramas con nidos y más niños y madres. Se sintió feliz porque el suyo estaba entre los más elevados. Sería un chamán poderoso, como Khir había augurado.

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