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martes, 14 de febrero de 2012

De cómo la luna llena atrae a los amantes.





En el anochecer reverberante de chicharras, desde lo alto del olmo junto al camino,  el loco gritaba: 
 "¡Quiero una mujer! ¡Quiero una mujer!",  al tiempo que un auto que pasaba reventó neumático.
Del susto, el pobre se cayó del árbol. La mujer que conducía descendió temerosa y se acercó al desmayado. Dormido como un santo, le pareció el hombre más tierno jamás visto.
Cuando él despertó, entre los brazos de ella, era el más lúcido del mundo, también.





Micro inspirado en la escena de Teo en el árbol, de Amarcord, de Federico Fellini.
Imagen tomada de la red.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Una Navidad extraterrestre




La Hermandad  de los Vigilantes del Cielo convocó a sus miembros para la celebración de una Navidad especial. Todos se hicieron presentes a pesar de la noche tormentosa.
Llegado el momento, el hermano Arturo, el Primer Elegido, el guía catalizador de comunicaciones intergalácticas, aseguró con vehemencia que estaban a las puertas de una nueva era de intercambio con otros seres allende el espacio exterior, como había sido en los inicios.  Que a muestra de buena voluntad proponía de ahí en más un cambio en las tradiciones para restaurar lo injustamente olvidado.
Así, montado a la escalera metálica, en medio de fervorosos aplausos, trocaba estrella por resplandeciente ovni en la cúspide del pino cuando ocurrió el estruendo.

—Volatilización por rayo —secretearon los investigadores del fenómeno que dejó sin luz al barrio y sin guía a la Hermandad, en medio de la algarabía general por la primera abducción en el grupo. 



Escrito para y publicado en otra versión en el Especial Extraterrestres de Breves no tan breves 5/12/11
Ilustración tomada de la red.

domingo, 4 de diciembre de 2011

El orgullo herido


       

     Al anochecer las luces del hall se habían encendido y, desde la calle, el hotel fulguraba. A mis espaldas, el conserje atendía el teléfono. En los sillones de la vereda, uno de los huéspedes hojeaba una revista. Nadie estuvo atento como para hacer una seña o dar el grito de advertencia. Así, del auto estacionado en la puerta, el tipo extrajo una valija y una percha con un traje enfundado y se dirigió raudo hacia los escalones entre las columnas. Debió de pensar que entraba a un templete griego. Una no puede ser más impotente en estos casos, solo se prepara para el impacto. El estruendo conmocionó a todos. Temblé de arriba abajo, mas hice el esfuerzo para no desmoronarme. Él, la cara deformada por el golpe y la sorpresa, soltó lo que llevaba y quedó delante de mí, aturdido, hasta que el conserje disimulando la risa fue a socorrerlo. 
      
     Yo estoy resentida en cuerpo y espíritu. Acepto que el hombre sea miope o distraído, pero no puedo dejar de pensar en que soy demasiado simple. No me ven, no me consideran. De vez en cuando, un elogio por cómo brillo, aunque las loas las recibe el muchacho de la limpieza. Ahora, hasta mañana, ostentaré la estampa de esa cara grasosa. Otra afrenta, vean.


Imagen tomada de la red

sábado, 15 de octubre de 2011

El '55





¿Por qué me obsesiona esta esquina? Mi cuerpo lo supo siempre. Cuando era  niño sentía un tropel, como una rodada de caballos al caminar por esta calle. Lo entendí cuando mi madre me contó, hace tantos años, que aquí murió mi padre; que aquí ella se arrastró para salvarse y salvarme a mí,  diminuto botón en su interior.
Alguien, algún funcionario lúcido, ha conservado el lugar de aquellos días (no todo debe ser  reemplazado). Y  agradezco. Lo inerte se empapa por igual  de la muerte y de la vida. El metal oxidado, los muros, el empedrado guardan memoria de la metralla, la sangre, los gritos. Pero también de las risas, las palabras susurradas al oído, de la música.
Mi padre entonaba una canción cuando cayó la primera bomba. Mi madre nunca pudo recordar cuál era. Por eso vuelvo. Espero que un  farol o alguna piedra trasude para mí aquella melodía.


Fotografía tomada de la red

miércoles, 1 de junio de 2011

Perfecto




Una vez, él  preguntó muy serio de qué color sería la soledad por las noches.  
—Depende del color de la noche  —dijo ella, divertida—. La soledad no es la misma en las noches blancas que en las noches negras. Se rieron. La vida apenas los rozaba.

Inmediatamente después que pasó lo que pasó, a ella se le durmió la memoria. Atónita, como si abriera telones a cada paso, recorría la sala entre palabras de pésame. Al trancazo de la puerta, volteaba buscándolo entre la niebla de sus ojos.
Con el paso de los días, el recuerdo feroz se le cosió a las tripas. Llegaron el ahogo, los gritos.

Ahora, hay veladuras. De repente, la casa está limpia, la comida fría en el plato. Por las noches su memoria tiene insomnio. El techo del cuarto proyecta la misma película.  Los protagonistas: ellos dos jugando a lo siniestro. El mismo desenlace.  El médano recortado por la luz, la antigua casa en llamas al otro lado, humo gris en el cielo estrellado. Cada vez, una espada la traspasa. Si tan sólo hubiera cometido un mínimo error. La soledad es incandescente. No habrá más noches blancas.



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