domingo, 20 de febrero de 2011

El llamador de vientos





 Juega con la valva como si fuera una moneda. Es una de esas chata, lisa y dura de color gris nacarado.  Le hizo un agujero perfecto cerca de la charnela, en el punto que no resiste el golpe de clavo y martillo; así podrá engarzarla junto a las otras.
La valva se desliza lentamente  hacia delante y atrás  por el dorso de sus dedos y ella se asombra por conservar, todavía, la flexibilidad.  No sabe por qué se ha puesto a jugar precisamente en aquel momento.  Será porque  no ha hecho un llamador en mucho tiempo y necesita el prólogo: una aproximación a los elementos, al diseño.
El lugar donde lo colgará es muy ventoso: sonará día y noche. Extraña esa música.
Recuerda la vez que su madre le enseñó a hacer un nuevo cordel.
“Hagamos una trenza con dos hilos”.
“No es posible. Las trenzas se hacen con tres, se va a desarmar” 
No sólo existía una trenza de dos hilos, sino que no se desarmaba. Un cordel prieto, retorcido, ideal para las tapas pesadas, cóncavas y rugosas de las ostras.  Siete  trenzas largas  para cinco líneas de valvas, hicieron. Una escultura de sonido grave y movimiento aletargado.
El que tiene en mente ahora es uno pequeño, liviano. Valvas silíceas redondas, como la que tiene en la mano. De las que tintinean como campanitas y abundan en esa playa. Hilos: sólo tres, simples. Que dure lo que dure. Las trenzas de dos hebras se hacen de a dos, igual que los llamadores grandes.

Imagen tomada de la red



sábado, 12 de febrero de 2011

Consuelo


 Durante el tratamiento me ocurrió todo lo que estaba previsto y aún más, porque nadie habló de sueños recurrentes.
Volaba altísimo sobre el mar, con los brazos abiertos, la ropa flameando como superhéroe. Cuando sobrevenía el terrible cansancio del vuelo, soñaba que era pájaro y seguía volando. Pero éste era uno con alas ajadas, al límite de sus fuerzas también, que  pronto buscaba inútilmente adónde posarse. Así, navegante agotado y ave maltrecha emprendían vertiginosa caída. Entonces, antes del desastre, yo siempre despertaba exhausto pero agradecido en la cama del hospital.
Cuando me empezó a crecer el cabello nuevamente parecía plumón, y por un tiempo me preocupé.

sábado, 5 de febrero de 2011

Los cuadros


Carlos me recibe en su taller; quiere que vea sus últimas pinturas antes de embalarlas para una muestra en el extranjero. Miramos, comento, me explica  y, de pronto, dice que tiene una tela de Felicia que no he visto. Felicia es amiga de él -también pintora y escultora-, un tanto excéntrica en mi opinión.
Sigo a mi amigo hasta su casa a continuación del taller y a la habitación de su hija Sara, la dueña del cuadro; Felicia se lo regaló porque la adolescente quedó impactada al verlo. Y no es para menos: la obra es dramática, técnica mixta en acrílico y madera, fondo negro. En el tercio superior, desde un lado una línea roja ondeante cruza y se vuelve plana al llegar al otro; en el tercio inferior: la mujer acostada, la cabeza a la izquierda, mira al observador con ojos desmesurados, un brazo extendido, la mano abierta como pidiendo ayuda. Está hecha con láminas de madera pintadas adheridas a la tela y sobresale en primer plano. El conjunto es brutal: yo no lo colgaría en mi cuarto como ha hecho Sara. Me deprimiría si cada día al despertar viera esa mirada pavorosa, comento y él menea la cabeza con resignada aprobación.
Es Felicia—dice—. Después que salió de terapia intensiva ha estado pintando su propia muerte. Yo recuerdo que pasó más de un año desde entonces, pero lo que Carlos manifiesta le da un cabal sentido a mi apreciación. Es el espanto y la sorpresa del que no quiere morir ante la inminencia del hecho, lo que ha puesto en esos ojos. Sobrecogedor.
Éste es el primero de una serie —añade—. Todos similares, la misma temática desesperada. Felicia los está regalando a gente muy joven, empezó con el que le dio a Sara.
Lástima no ser tan joven, ¿no será lo mismo que una se sienta así? —lo interrumpo jocosamente.
No creo —sonríe apenas—. Y esto tiene algo siniestro, sospecho —habla exaltado—. Porque con esta dádiva cree estar consiguiendo una suerte de salvaguarda: mientras conserven o cuiden su obra o algo más que no sé exactamente qué es, ella estará bien.
Pienso en una suerte de vampirismo, pero desconfío de esta loca asociación y no digo nada.
Está obsesionada —sigue—. Pinta a un ritmo desenfrenado y cada obra es como un fetiche; en esa calidad la entrega: fetiches y talismanes a la vez. Temo que está dañando a los chicos. Es como si hiciera un pacto con cada uno, endilgándoles la responsabilidad por su salud, su bienestar. Sara no contó nada, pero he escuchado cuando hablan. Felicia la llama con frecuencia. Realmente no la entiendo —se pasa los dedos nerviosamente por el pelo.
A mí no me extraña, ella siempre supo manipular a los demás; ahora,  ha de haberse vuelto loca. Me reservo mi opinión porque Carlos no merece mi sarcasmo ni mi juicio apresurado; en cambio, digo que probablemente esté exagerando, que tal vez a Felicia esta etapa generosa le haga bien. ¿Qué puede estar obteniendo de los chicos más que apoyo o halagos? Si eso le ayuda, todo está en su cabeza.
Ojalá fuera como decís —habla sin convencimiento—. Vos viste este único cuadro. Yo vi los otros que tienen las amigas de Sara. Vinieron a dormir y cada una trajo su obra, no sé para qué porque no dieron ninguna explicación, pero te juro que no hay nada bueno en esos cuadros. Esa noche les eché un vistazo mientras ellas cenaban y me agarró un dolor de cabeza atroz: te lastiman, creéme —me mira fijamente como esperando una explicación que no puedo darle, y recién entonces me doy cuenta de cuál ha sido la verdadera razón por la que me invitó. Es un momento perturbador. Ante mi silencio, da por terminada  la charla y vuelve a colocar la obra en el estante donde estaba. Pero cuando ya casi hemos salido del cuarto, la pintura cae al piso. Nos sorprende.
Uy, no le digas a Sara —pide. La tela ha quedado dada vuelta y mi temor es que la figura se haya desprendido. Pero no. Carlos suspira aliviado también y la regresa a su lugar con sumo cuidado. Te lo ruego, por favor —reitera—. Sara se lo ha tomado muy en serio. Demasiado. Ni siquiera menciones que la viste. Su tono  me hace sentir más incómoda aún. Le aseguro que no lo haré y para disolver esa tensión, pregunto si la obra tiene un título.  Por supuesto. Y uno muy obvio —dice con fastidio—. Adiviná. 
Está alterado por la situación, lo tortura la idea de que Felicia pueda estar usando a Sara de un modo que no alcanza a entender; a pesar de que su agresividad hiere, lo comprendo. Preferiría irme, pero no puedo rechazar el café que me ofrece inmediatamente, como una disculpa.
Carlos termina de servir los pocillos cuando se nos une Erica, su segunda esposa, la madre de Sara. Se anima la charla; poco a poco me voy relajando, al igual que Carlos; hablamos de la muestra por la que viajarán a México, de filmes que debemos ver, de libros. Hasta que Erica contesta su celular. Es Sara que grita, tanto, que Carlos y yo la escuchamos claramente. Felicia acaba de morir.  Estaba en su taller pintando y se desplomó. No pudieron ayudarla. Una amiga de Sara estaba con ella: fue quien le avisó. Llora y pide que la vayan a buscar. Los tres nos hemos levantado conmocionados. Erica sigue intentando calmarla. Carlos toma rápidamente las llaves del auto; no me mira a los ojos, ni siquiera cuando nos despedimos apresuradamente en la calle. Los veo irse. Permanezco un rato sentada en mi auto, me pregunto si Carlos estará pensando lo mismo que yo.



jueves, 6 de enero de 2011

Elegía de las islas

Días de ocio en una eternidad  de no hacer demasiado. A cadencia de remos, velas arriadas, surcas mi archipiélago de penas. No me ves y te observo: rondas cauteloso, te arriesgas dentro de mis aguas; tal vez te atrajo mi olor, pero no has oído mi canto. Patrón absoluto de tu barco, rezumas  talento natural para el ritual que a mí me pierde;  presiento de sólo mirarte poder amar para siempre.
En la orilla donde habita la razón, allá lejos, el humo azul me advierte, sin embargo: éste es sólo  tiempo de festejos y vas a lastimarme. Pero estoy en otra orilla, aún hay rescoldos mi corazón, y la adivinación puede estar equivocada. Por eso cometo el desatino, reniego de mis promesas y, egoísta, oculto lo que te alejaría. Cuando el viento cálido levanta, desenredo las algas de mi pelo, del agua emerjo transformada. Con muslos vertiginosos, soy toda mujer ofrendada a tus ganas y estás tan obnubilado que no ves el rastro de escamas en la playa, el juego del cortejo como trampa.
Así, sucumbimos interés y deseo, la pasión recorriendo geografía de islas y de cuerpos. Frenesí contra frenesí dices quererme  y como en las tempestades navegamos a la capa  durante el largo tiempo en el que crece mi esperanza. Para ser la mujer del resto de tus días debes pedirme, sincero,  partir contigo y se  cumplirá mi anhelo: ser amada para  permanecer dichosamente humana.  
Hablas de irte, -ha llegado otra vez la hora de blandir espadas y tus hombres te reclaman-, pero no pronuncias las palabras, sólo prometes algún día regresar a buscarme. 
Profunda herida con lamento silencioso restañada. El mar diluye mi llanto más salado, el presagio del humo fue certero; yo la equivocada. No eres quien me alejará de las islas, sino otro condenado.
Te despido y partes. La culpa quema mis entrañas mientras miro la niebla segadora que te alcanza. Pronto vuelvo a ser quien era y mi cauda me sumerge en lo profundo, donde  duele el gesto azorado de tu cara, la certidumbre de saber qué hice.  Triste paisaje te acompaña, barcos naufragados, túmulos de mis amantes. Y retorno  a mi ocio de ninfa, mientras otro cuerpo en el abismo se deshila.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El auditor y el hombre en mono blanco

El hombre en mono blanco barre la pinocha que le cae encima como si  fueran goterones.
—Dígame, ¿usted sabe por qué  le llueve esto, verdad? —pregunta el auditor.
—Por supuesto, señor. Y ha sido una condena justa.
— ¿Y sabe de dónde viene? —el auditor señala la llovizna.
—Me han dicho que de la Luna.
— ¿Le han dicho…? ¿Quién? Si usted no habla con nadie.
— Eso es lo que usted piensa.
— A ver dígame con quién, si está solo aquí. Debe estar solo… ¿Entiende que tengo que anotar todo lo suyo, no?
— Sí, sí, cuando me leyeron el acta se incluía su visita, es su trabajo. Le explico: hablo con gente que viene a mi cabeza, y lo hago en todo momento. O cuando lo necesito.
—Ah, entonces habla con usted mismo.  O lo que es igual: habla solo.
—No, no. De ninguna manera.  Hablaría solo si yo me preguntara y me respondiera. Pero no es el caso. Ya le he dicho que hay gente, otras personas  en mi cabeza.
—Claro, gente imaginaria.
—Mire, si  quiere verlo de ese modo, yo no puedo impedírselo. Pero sepa que fui una persona muy limitada, casi no estudié. Apenas si leía el misal. Usted comprenderá que me faltan muchas respuestas y, sin embargo,  cuando tengo que resolver algunas cosas,  alguien de los que anda por allí, adentro mío, digo,  sabe darme lo que busco; cosas que  yo ignoraba completamente.
—Ajá. Como el asunto del origen de la pinocha, ¿no?
—Exactamente.
— ¿Y quién fue el que le dijo eso?
—¿Usted quiere saber el nombre?
—Cualquier cosa: el nombre, qué hace, de donde sacó que la lluvia suya viene de la luna.
—Bueno, el nombre no se lo pregunté nunca -no soy curioso-. Además,  como no los llamo, no necesito conocer ningún nombre.  Pero, los reconozco por la voz. Eso sí. El que me contó lo de la lluvia es un tipo joven, más o menos de su edad, pero con canas.  Cómo supo él lo de la Luna -con mayúsculas-, le puedo decir.
—Le escucho.
—Estaba en la cabeza de otro justo cuando al tipo le leyeron el acta. Allí informaba la procedencia del regalo. Claro que a ése le llovía otra cosa.
— ¿Regalo?
—Así le dicen ellos, sí.
— ¿Regalo por qué? ¿Qué había hecho?
—Había matado a un angelito.
— ¿A un niño?
—No, no, a un ángel de verdad.
—Entiendo, pero, entonces, me parece poco regalo una lluvia.
—No vaya a creer. Hay lluvias y lluvias. Sobre todo si vienen de la Luna.
—Tiene razón, lo que llega de la luna, perdón, Luna, es bravo siempre. Es que allí son especialistas, no hay nada que hacer…¿Y cuál era lluvia del que mató al angelito?
—Le caía azúcar encima.
—No me parece tan terrible el azúcar...
—Usted no se imagina lo que es barrer azúcar.  Además tener permanentemente una cortina blanca adelante es muy molesto. Porque la lluvia del tipo era torrencial, no como esta garuita que tengo yo.  El azúcar se mete en todos lados, se disuelve en las secreciones, se pegotea; además,  se acumula rápido y hay que barrer y juntar, barrer y juntar. En cambio, la pinocha no es tan complicada. Fíjese usted que hace un ratito que no barro y no se ha  amontonado tanto… Lo único que tengo que evitar es mirar hacia arriba, por las dudas, y me pierdo los cielos ¿me comprende?
—Claro que sí. Yo estoy asombrado por lo que sabe. Se ve que  le han informado bien –sea quien sea- porque me ha dado ciertas respuestas que no tendría que conocer.
—¿No le dije?
— ¿Le puedo hacer una última pregunta ? Y esto no va a constar en mi informe porque es pura curiosidad personal.  Por eso no tiene obligación de contestarla.
—Pregunte, nomás.
— ¿Por qué le llueve pinocha a usted? Ese dato no figura en mi  planilla. ¿Qué fue lo que hizo?
—Yo fui el  primero en matar a un auditor en infiltrados. Pero, venga, no sienta temor: ya me vacunaron para que no vuelva a ocurrir.




domingo, 19 de diciembre de 2010

EL HILO


Créanme que es extraño y fascinante a la vez.  Mi cabeza es un globo. No hay cuello, apenas, una cuerda delgada que se alarga.
Conocí a una mujer a la que le pasaba lo mismo: la cabeza le subía por encima de las de los demás; caminaba, comía, atendía a  sus pacientes –era médica-, con esa sensación. A veces —me contaba— temía que se le escapara por la fragilidad que adivinaba en lo que ya no percibía como cuello. Sólo estando en la cama todo volvía a su sitio, hasta que se levantaba otra vez. El marido, médico también, le decía que era cansancio; el psiquiatra, depresión. Dejé de verla por las vacaciones. Al regresar, supe que había fallecido. Algo súbito, dijeron.
¿Comprenden ahora por qué hace días que estoy acostada, verdad?
                                        




Esta minificción  fue  escrita  especialmente para el  Filandón 3.0 2010.
Arte: Artedevillafox Sergio Santini

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Observando a Estela


 Podría decirles que a Estela la tenía vigilada, pero vigilada es una palabra fuerte. Una expresión más  adecuada sería la seguía de cerca, aunque tampoco se puede tomar  al pie de la letra porque Estela no iba a ningún lado. ¡Ojo! No soy un acechador ni un pervertido, ni nada parecido.  Simplemente  me gustaba mirarla, me entretenía.  Además, ella estaba en un nivel inalcanzable a mis posibilidades y era lo único por hacer.
Soy un tipo de costumbres: el vermút con los amigos el sábado al mediodía, el fútbol los domingos, el mate al volver del trabajo, el vaso de agua y la novelita policial al acostarme. Por eso, a la tarde, sentado al lado de la ventana, entre mate y mate, también se hizo costumbre observar a Estela.
Nunca supe de dónde vino, un día llegué y ella ya estaba en el vecindario: ahí empezó lo nuestro; a la hora que regresaba y los fines de semana, siempre estaba accesible a mi propósito, casi como si supiera. Era un placer verla  ocupada en alguna tarea que por ignorancia propia de sus menesteres y por la distancia, yo desconocía. Me intrigaba no encontrarla en otro lado, aunque no estaba seguro de reconocerla de cerca.
Muchas veces sospeché que ella hacía lo mismo conmigo. Digo: yo no estaba obsesionado, no la miraba fijo continuamente, porque me distraían otras cosas en la calle o mis propios pensamientos, entonces cuando volvía a mirarla, ella estaba quieta como observándome. Se quedaba, así, manteniendo una postura casi desafiante y luego continuaba sus quehaceres. Esas actitudes me hicieron pensar que lo nuestro era mutuo. 
Recuerdo la noche cuando desapareció. Fue un sábado. Llovía y antes de acostarme me asomé por la ventana. Me entretuve con la lluvia unos minutos, le eché una mirada a Estela —incansable con sus cosas—, cerré la ventana y me acosté a leer.
Me desperté porque la patilla de los anteojos se me incrustó en la sien izquierda, desvelado y con sed. Mi boca parecía de papel. Eran las cuatro. Sin mirar agarre el vaso y estaba por tomar un trago cuando vi a Estela delante de mi cara. Quedé duro. Estoy soñando, pensé. Parpadeé: Estela  seguía allí. No supe si fue la impresión, el vidrio o los anteojos, pero se veía enorme. Rápidamente se desplazó y sentí un leve roce por el bigote y el costado de la cara. En ese momento me agarró el ataque de locura. Me transformé en una máquina de dar manotazos. El vaso, los anteojos, el libro volaron por el aire. Salí disparado hacia el extremo del cuarto, miré y Estela no estaba. Una picazón  me recorría todo el cuerpo. Preso de un nerviosismo incontrolable sacudí mis pelos, me saqué el pijama y después de revisarlos, me puse los zapatos. Así, casi desnudo empecé a buscar a Estela, seguro de encontrarla en algún lado. Sin embargo, no estaba.
Fue un domingo intranquilo y con culpa. Sé que tuve una reacción intempestiva, pero fue el instinto.
Por suerte, ella demostró no ser rencorosa, ya que el lunes cuando regresé del trabajo, Estela estaba en su lugar. Ninguno dijo nada. Todo siguió igual, excepto que desde aquella noche cuando me despierto sediento voy al baño, y en un rincón de la pieza puse un balde porque ahora sé que, como cualquier bicho, las arañas también toman agua.
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