jueves, 14 de abril de 2011

Escritura nocturna






Sabes que no debes molestarla, que es mejor cantarle nanas. Aún así, de tanto en tanto una pulsión  aparece y  aunque intentas  no logras contenerte. En esas ocasiones,  en vez de decir: "Hola, ¿qué tal? ¿Así que eres  mi  Medusa?", te convences de  que alguien  usurpó  tu cabeza y que  lo oscuro y  tenebroso que has plasmado no te pertenece.
— ¿Ahí es donde aparezco yo?
—Exactamente, personaje. Exactamente.



Imagen tomada de la red

sábado, 9 de abril de 2011

Pueblo chico





En este lugar nos conocemos todos y eso, en cierto modo, facilita las cosas. De ahí que  no me importara declarar ante la fiscal del distrito (una muchacha preciosa): en la sala, ella era la única extraña. Durante la indagatoria imaginaba su vientre nacarado ondulando bajo mi peso; me cambió el ánimo... Estaba interesada en cuando fui monaguillo y  le dije que a mí el cura nunca me había tocado, que jamás había escuchado que le hubiera pasado a otros.  Lo mismo aseguraron Sper, el comisario inspector; Toño, el de la Marítima y el editor del ‘Pregón del mar,’ entre los de aquella época.
Más tarde, algunos de nosotros estábamos en “The Avengers” tomando unas copas cuando aparecieron  el abogado Ferroni y  la fiscal y  se sentaron a nuestra mesa (sentí que tocaba el cielo). Resultó que habían estudiado juntos y Ferroni y su mujer la hospedaban en su casa. El tema fue inevitable.  Después de lo de la mañana,  supusimos  que la investigación del crimen  iría al frío.  Ferroni coincidió con nosotros. Ella, con elegante discreción  sólo confirmó lo que decía el periódico: sin móvil claro ni sospechosos. Agregó que no estaban seguros de cuál fue el objeto punzante, dicho de un modo que me alteró la respiración.
Después, hablamos de otras cosas y la balanza se inclinó para mi lado. Es una muchacha sencilla. Nació en un pueblo como este, en la sierra; los estudios los pagó trabajando y, por ahora, está casada sólo con su trabajo. ¡Vaya suerte!
La invité a navegar y aceptó. En este momento de mi vida siento que puedo lograr lo que me proponga: sólo deseo hacer las cosas bien. Ferroni y su mujer nos acompañarán. Le mostraremos los mejores lugares de la bahía. Quiero que salga perfecto. Ya tengo casi todo listo abordo, sólo me falta reponer el pica-hielos para preparar los tragos. 


Imagen tomada de la red


viernes, 1 de abril de 2011

La siesta




 ¡Basta de vaguear! ¡Y esta vez, me hacés caso! Te acostás o te ponés a leer, a jugar, lo que quieras. Menos patear contra la pared de Betti ¿me oíste? Que después me la tengo que aguantar yo. ¡¿Está clarito, no?! 

Los gritos le arrebataron  la cara más que el calor de la una de la tarde. Piensa en sus amigos que lo esperan bajo los tamariscos de las vías del tren, y gimotea, y rezonga. Me aburro, repite mientras camina el patio de punta a punta refregándose las manos en el pantalón. Tigre con ganas de llorar. Se para en la hamaca de su hermana, el ruido de las cadenas le hace mal a los dientes; nadie las aceita hace tiempo. Salta, corre, trepa el olmo, se asoma a la casa de Luis. El encalado de las paredes lo encandila; tiembla el aire por encima de la huerta regada en la mañana. Las cortinas están corridas,  la puerta de la cocina, cerrada: duermen; hasta el perro bajo la pileta del lavadero. La bici de Luis no está. Frunce la cara: él también se va, no le importa nada. Presuroso, arrima su bici al portón y va por la llave. Le cuesta la penumbra de la cocina, pero no hay ninguna llave ahí. De puntitas llega a la pieza de su madre; ahí están ella y su hermanita en la cama grande, y el llavero sobre la mesita de luz. Las mira dormir unos instantes y, finalmente, cabizbajo, regresa  al patio, al sol a plomo en la tierra reseca y las baldosas amarillas. Mira por la ventanita de la entrada  hacia la calle: el pavimento hierve.  A lo largo del cordón, una línea brillante de brea le recuerda la cinta de la máquina de escribir de su padre. Le vienen a la cabeza los carretes saltando por el aire, su madre arrancándolos con furia y tirándolos a la basura. Pero los basureros no se los llevaron y la cinta flameó enredada en los yuyos hasta que hicieron el cordón cuneta.
Algo tiene que pasar, piensa y vigila la esquina. En el techo del garaje de enfrente aparece un gato: olfatea, levanta la cola y mea la pared; después, salta al pilar de la luz, baja, cruza sin apuro. Odia los gatos; elije una piedra del lugar en donde antes guardaban el auto. El cascote vuela por encima de la pared y rebota cerca del animal que se espanta.
Nadie en su calle ni en la esquina. Se sienta al lado del portón contra la pared de Betti y se abraza las piernas; la frente le humedece las rodillas. La cabeza le ha quedado al sol y  levanta las manos, juega con la luz hasta que le duelen los ojos. Desde el lado del puerto vienen nubes gordas: una es una tortuga, el caparazón como un globo blanco y la panza gris; pierde las patas rápidamente y se convierte en caracol. Escucha el chirriar de  una bicicleta. Cada vez  más cerca. Tal vez sea Luis que regresa a buscarlo. Se levanta de un salto y mira por la abertura, pero se movió demasiado rápido y se marea. La esquina se le va llenando de motas brillantes: por segundos oye como si tuviera la cabeza metida dentro de un balde. Aprieta los párpados, los abre: no es Luis, sino un viejo que no conoce, y lo putea. También ha visto al camión grande que viene.  El viejo pedalea lento, como cansado; le falta poco para terminar  de cruzar la bocacalle cuando el camión comienza a doblar con una maniobra amplia, como si el chofer hubiese estado distraído y reaccionara tarde. Él queda hipnotizado porque  adivina la trayectoria del acoplado, mientras  la bicicleta  desaparece de su vista.  Entonces, pasa: el acoplado se desplaza por donde segundos antes iba el ciclista,  las ruedas del costado suben y bajan el cordón de la esquina  y la carga cubierta con lonas que se bambolea.  Al crujido metálico  lo oye cuando el acoplado ha desaparecido también; después,  una frenada larga, demorada y un silencio que lo deja sin respiración hasta que empiezan los gritos. Corre a su pieza, se acurruca en la cama y se tapa los oídos. Respira rápido en la oscuridad -los ojos fijos-, recuerda a su padre, el único que decía que él no es un chico malo realmente.


Cuento finalista del III Certamen Nacional Ruinas Circulares 2010


lunes, 28 de marzo de 2011

Sólo una sensación





Asida al carrito -los nudillos blancos, el corazón encabritado, la boca seca-, ella se acerca con piernas de plomo a la caja rápida. No morirás ahora, repite como mantra.
A la salida, el acompañante terapéutico la felicitará. Hoy ha logrado realizar la mitad de la compra.


Mención - Febrero 2011- La Marina. Juez: Isai Moreno

lunes, 21 de marzo de 2011

Pequeños cocodrilos





                                                                                                   Para Ober, in memorian
                                                                            
Un gatito maullaba lastimosamente en el patio trasero entre la casa y el arroyo. Como el maullido parecía provenir debajo tierra,  pensamos que estaría atascado en algún lugar y lo empezamos a buscar. Desarmamos una pila de leña; movimos las chapas para contención en las crecidas; nos asomamos al viejo pozo seco; recorrimos la franja entre los tamariscos de la orilla y los álamos donde el pasto estaba alto. Nada. El gato no estaba en ningún lado. Para ese entonces había llegado la madre: la Nena, como la llamábamos. Estaba flaquísima –tantos hijos la iban consumiendo poco a poco- , le colgaban las mamas, y como había comido en abundancia  -lo hacía cada vez que íbamos- , parecía preñada otra vez.  La gata escuchaba el maullido ya que orientaba las orejas en el preciso momento, pero no se mostraba inquieta, al menos nos daba esa impresión. “Buscá al gatito, che”, ordenaste cariñosamente, pero La Nena siguió lavándose y relamiéndose satisfecha por el hígado de vaca que le habíamos dado un rato antes.
A pesar de su tranquilidad,  a mí se me estrujaba el corazón. No tendríamos mucho tiempo más para buscarlo porque pronto se ocultaría el sol y deberíamos regresar a la ciudad.
“Me voy a meter en el arroyo antes de que se vaya la luz,”dijiste. “Tal vez esté atorado en alguna rama o pozo que no podemos ver desde acá”.Y fuiste hasta el muelle de madera, te sacaste zapatos y medias, arremangaste los pantalones a la rodilla y bajaste a inspeccionar la orilla desde el agua. Por arriba, entre tamariscos y álamos, yo te seguía con la esperanza de ver salir al gato desde esa espesura de troncos y ramas, para reunirse con los otros cuatro, el resto de la camada, que estaban escondidos bajo el nicho de la bomba de agua. Ya habíamos empezado a traerles leche con pan, pero ellos, ariscos, no comían sino hasta que nos íbamos. A mí me gustaba verlos  todos juntos, apretados como la gran bola de pelos que eran, y con la madre cerca; creía  que si los dejaba así al irme, nada les pasaría. Para eso trazaba  un círculo imaginario alrededor de ellos,  la línea mágica que los protegería durante mi ausencia. Aunque por entonces  probablemente yo desconocía el significado de la palabra, se trataba de una cábala, o una especie de conjuro de protección para los gatitos, pero sobre todo, creo, era un reaseguro de tranquilidad para mí, ya que  si alguna vez, en la noche, pensaba en ellos, recordaría que había hecho lo que debía y ellos estarían a salvo. Por eso, aquella tarde, la ausencia de uno de los gatitos desbarataba mi mundo.
— ¿Lo ves? —preguntaba ansiosa. Hacía ya un buen rato que el gato no maullaba. Tus respuestas –los no-  resonaban entre las márgenes del arroyo como resonaban  los crujidos de las ramas y yo estaba cada vez más angustiada. Vos ibas por la izquierda del cauce, -la menos profunda, pero de borde más elevado- y a mí  me resultaba imposible verte por la vegetación; por eso sólo escuché dos suaves chapuzones, como si hubiesen caído dos piedras en la profundidad, y a continuación tus gritos.
— ¡Mi Dios! ¡¿Qué es esto?!   —sonabas alarmado. 
— ¿Qué pasa? ¿Lo viste? —pregunté convencida de algo malo que le había pasado al gato
—¡Esperá! ¡Esperá! —gritabas vos,  y yo escuchaba como si estuvieras revolviendo el agua con una rama.
—¿Qué pasó? Más de una vez lo pregunté mientras corría hacia el muelle y vos regresabas chapoteando rápidamente por el lecho arenoso. Traías esa expresión entre risueña y azorada que con los años te volví a ver en especiales ocasiones.
— ¡No te imaginás lo que vi! ¡Acá pasa algo raro! —.Te reías.
— ¿Qué? ¿Qué había? —repetí yo.
— ¡Dos cocodrilos chiquitos! —tus manos grandes separadas unos veinte centímetros— ¡Así de largos!
— ¡Ja! ¡Estás loco!  Solté la risa.
— ¡Te lo juro! —te pusiste serio y me miraste fijamente— ¡Por lo que más quieras!
— ¿Me estás haciendo un chiste, no? ¿Cómo va a haber cocodrilos acá? ¡Andá a saber qué viste…!
— ¡Eran cocodrilos! ¡Creéme!
— ¿De ese tamaño?
—Deben ser crías…, o podría tratarse de una especie desconocida…
—¿Y adónde estaban? ¿Qué hacían?
—En la arena, sobre esta orilla.  Cuando me vieron –deben haberme visto- se lanzaron al agua y desaparecieron. Rapidísimos ¿No oíste el ruido? —resultaban tan convincentes tus palabras.
—¿No serían lagartijas? —yo me resistía.
— ¿Desde cuando las lagartijas tienen la boca alargada  como una espátula y con muchos dientes afilados? ¿Alguna vez viste lagartijas así? ¿Con un enorme ojo amarillo en cada lado? —me increpabas como enojado—. Además, las lagartijas son verdes y éstos eran moteados: la panza blanca y el dorso oscuro y moteado hasta la cola. Una cola gruesa, no delgada como un piolín.
No supe qué decir, pero entre creer y no creer que hubiera  cocodrilos al sur de la provincia de Buenos Aires –y en la quinta y en un arroyito como el Napostá-, me dio por preguntar ciertamente compungida:
—¿Vos creés que se comieron al gatito? Yo todavía no había cumplido doce, y si bien hacía rato me tratabas como adulta, mi pregunta debió poner las cosas en perspectiva, porque se te enterneció la cara y me abrazaste.
—¡Ah, no! ¡Eso no es posible! —hablabas con seguridad— ¡Son demasiado chiquitos para comerse un gato!  Al menos por ahora…
Supongo que la firmeza de tus palabras debió tranquilarme, y entonces seguí interrogándote acerca de los nuevos habitantes  del arroyo.
¿Los viste caminar?  ¿Eran rápidos? ¿Y los ojos? ¿De dónde habrán salido? ¿Habría una madre grande dando vueltas por allí? ¿Cómo habría llegado? ¿El quintero Nicolás habrá visto algo? ¿Nunca te dijo nada? ¿Le habrá comido alguna oveja a Federico?
Algunas  preguntas, a tu modo, las respondiste  mientras guardábamos las herramientas y cerrábamos la casa;  otras, durante el viaje de regreso.  Porque cuando el sol ya se había puesto y con la última luz  nos subíamos al jeep, vimos  a la gata  trepar al olmo  hasta la bifurcación del tronco y  llamar al gatito.  Él respondió desde  una de las ramas más altas, donde aún llegaba el reflejo rojizo del atardecer, y comenzó a descender. 






  

lunes, 14 de marzo de 2011

El indeciso


Su mujer siempre le decía que por pensar demasiado las cosas, la mayoría de las veces, él tomaba decisiones equivocadas. Lo recordó cuando al cumplir la última voluntad de su esposa –tras mucho cavilar- finalmente arrojó sus cenizas en aquella playa alejada, y vio llegar la pala mecánica y el camión arenero.



lunes, 7 de marzo de 2011

Miradas..., otra vez.

Es que esta minificción  fue declarada recientemente como una de las ganadoras de la convocatoria del mes de noviembre de La Marina de Ficticia.com  por la jurado Marisol Nava Hernández y cuyo tema era el matrimonio. Allí mismo, Fauna nocturna recibió una mención.
Espero que la disfruten.


MIRADAS

Tras cuarenta años de felices acuerdos, ambos presumen de entenderse sin palabras.
Casados por trámite civil, en su momento prefirieron comprar la cama grande a los anillos; después, se olvidaron. O casi, porque ahora ella mira su mano un tanto artrítica y piensa que le gustaría lucir un aro de oro junto al cintillo heredado de su madre. Entonces la extiende y  pregunta sonriendo a su marido:
—¿No crees que ya es hora? —Mueve el dedo anular con cierta dificultad—. ¿No te gustaría a vos también? —agrega entrelazándole los dedos.  Él observa las manos de los dos, la mira a los ojos intensamente y asiente.
Al otro día, irá contento a reservar la excursión para las aguas termales.


Fotografía tomada del sitio fuenlabrada,foroactivo.com


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